martes, 28 de mayo de 2013

La oportunidad final para Oriente Próximo

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Europa debe exigir a Israel el alivio de la ocupación a cambio de suscribir nuevos acuerdos bilaterales


Nick Witney 14 MAY 2013 - 00:03 CET


En la Taberna de la Última Oportunidad la hora de cierre es un acontecimiento manifiestamente flexible. Sin embargo, en las pasadas semanas se ha podido oír a un coro de líderes internacionales instando a un acuerdo entre israelíes y palestinos antes de que sea demasiado tarde. La voz más importante ha sido la del nuevo secretario de Estado norteamericano, John Kerry.

Las recientes elecciones en Israel han dado como resultado un Gobierno que está más comprometido con la expansión de los asentamientos y tiene menos probabilidades de negociar de buena fe con los palestinos que cualquier otro desde 1948. Los palestinos, por su parte, fracasan repetidamente en la resolución de sus diferencias internas. Pero la razón principal de la nueva sensación de urgencia es lo que está ocurriendo sobre el terreno. El fundamento geográfico y económico para que un Estado palestino coexista junto a Israel está desapareciendo rápidamente: de manera que si los europeos no intervienen para detener ese proceso mientras Estados Unidos considera la oportunidad de unas nuevas conversaciones de paz, podría no haber solución alguna de la que hablar.

La valiosa información aportada por fuentes diplomáticas de la Unión Europea en Jerusalén y Ramallah pone de manifiesto hasta qué punto Israel se afianza en su ocupación de Jerusalén Este y de Cisjordania (por supuesto Gaza permanece bajo bloqueo) mientras socava la presencia palestina. Por toda Cisjordania, fuera de los núcleos urbanos, los colonos israelíes doblan ahora en número a los palestinos y controlan casi la mitad del país. Los controles y las restricciones a la movilidad, al comercio, a la planificación y a los recursos (en particular el agua) han dejado vacía de contenido a la economía palestina: la agricultura supone hoy apenas un 6% del PIB, mientras que un negocio medio emplea en Palestina a menos de cuatro personas. Las demoliciones y los desplazamientos tienen lugar de manera casi cotidiana. La árabe Jerusalén Este está rodeada de asentamientos y progresivamente incomunicada del resto de Cisjordania, en tanto que los palestinos, que constituyen el 37% de la población de la ciudad, solo se benefician del 10% del gasto municipal. La base física capaz de proporcionar al conflicto una solución de dos Estados está desapareciendo rápidamente.




Cuando esa política se ve generalmente libre de costes no resulta evidente por qué Israel debiera desistir de ella. El primer ministro Netanyahu ha demostrado que puede recabar más apoyo en el Congreso de Estados Unidos que el propio presidente de este país. Los europeos toman nota de cada nuevo asentamiento con una declaración de condena, pero no hacen nada. En 2009 fue supuestamente suspendida una renovación de las relaciones entre la Unión Europea e Israel, a raíz del gran ataque contra Gaza. Pero en la práctica ello no ha impedido nuevos avances, tales como la integración de la industria farmacéutica israelí en el mercado europeo, o la admisión de Israel en la OCDE. Y la mayoría de los Estados miembros de la Unión Europea han procurado estrechar vínculos con la altamente tecnificada economía israelí, especialmente en defensa y en investigación.

Por supuesto que, en la práctica, existen serios límites a lo que los europeos pueden esperar conseguir en relación con ese conflicto. En un futuro inmediato es difícil de contemplar que se logre la paz sin un concertado esfuerzo adicional de Estados Unidos, que tal vez, o tal vez no, esté por llegar en el segundo mandato del presidente Barack Obama. Pero, por ahora, los europeos pueden al menos intentar contener la situación, refrenando a los israelíes y sosteniendo a los palestinos. Sus recientes esfuerzos han sido notablemente infructuosos en ambos aspectos; es hora de implicarse con mayor firmeza.

En los pasados años, los europeos han aportado unos 1.000 millones de euros anuales de ayuda a Palestina. Al hacerlo, en la práctica también han dado apoyo a la ocupación, suavizando tanto su impacto económico sobre los palestinos como su impacto financiero sobre Israel. Una ayuda de esta escala ha producido una cultura de la dependencia, con un sector público hipertrofiado. Los europeos deberían cerrar el grifo del dinero, lentamente, y centrar sus esfuerzos en trabajar con la Autoridad Palestina en el desarrollo de la economía productiva. Donde tales esfuerzos topen contra las restricciones de la ocupación —planificación territorial opresiva, acceso no equitativo a los recursos— es donde los europeos tienen que exigir los cambios a los israelíes.


Las palabras solas no bastarán. Es preciso que los europeos sean mucho más rigurosos. Resulta vergonzoso que actualmente importen 15 veces más de los asentamientos que de todos los territorios de la Palestina ocupada. Y deben de dejarle claro a Israel que no habrá nuevos acuerdos bilaterales que no lleven aparejadas medidas que alivien la ocupación.

¿Conseguirán tales tácticas parar en seco al primer ministro Netanyahu? Probablemente no. Pero podrían ayudar a recordar a la mayoría de los israelíes que el problema palestino no desaparecerá ignorándolo; que están, como lo demuestran las elecciones, “perdiendo a Europa”; y que, por despreciable que pueda parecer a menudo “la comunidad internacional”, ya demostró en el caso del apartheid sudafricano lo que puede conseguirse mediante el aislamiento y las sanciones. Así que mucho mejor evitarlo ahora forjando la paz con los palestinos. Todavía se está a tiempo, incluso aunque el personal del bar ha atenuado ya las luces y ha empezado a apilar las sillas sobre las mesas.

Nick Witney es analista del European Council on Foreign Relations (Consejo Europeo de Relaciones Exteriores).

Traducción de Juan Ramón Azaola.

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