viernes, 17 de agosto de 2012

El sionismo americano (III)

 
 
EDUARD W. SAID
 
http://www.nodo50.org/csca/palestina/said_3-textos-9-01.html
 
 
"Uno ya no sabe qué es peor: si la mentalidad de quien piensa que los palestinos no tiene siquiera derecho a expresar su sentido de la injusticia, o la de quienes siguen conspirando para prolongar su estado de esclavitud"
 
El sionismo norteamericano (y III)(Publicado en Al-Ahram Weekly Online, 8 de noviembre de 2000)

LOS acontecimientos de las últimas cuatro semanas en Palestina [la segunda Intifada] han supuesto, por primera vez desde el resurgimiento del movimiento palestino en la década de los sesenta, un triunfo casi absoluto para el sionismo en EEUU. El discurso de los ámbitos público y político ha convertido de un modo definitivo a Israel en víctima de los últimos acontecimientos, todo ello a pesar de que son más de 140 los palestinos muertos y hay ya cerca de 5.000 heridos. Ahora resulta que es la "violencia palestina" la que ha roto el curso placentero y ordenado del "proceso de paz".
Existe ahora una letanía de frases que sirve de punto de partida a cualquier comentarista, que se repite tal cual, frases que han quedado grabadas en los oídos, las mentes, y la memoria como guía para despistados, como si de un manual o una máquina de hacer frases que han ido ocupando el espacio durante el último mes se tratara. Puedo repetirlas casi de memoria: Barak hizo en Camp David un ofrecimiento [a los palestinos] más generoso que cualquier otro primer ministro anterior a él (el 90 % del territorio y soberanía parcial sobre Jerusalén Este); Arafat fue un cobarde al que le faltó el valor necesario para aceptar la oferta israelí para poner fin al conflicto; la violencia palestina -dirigida por Arafat- supone una amenaza para Israel (y todo tipo de variaciones sobre el mismo tema, incluyendo el deseo de acabar con Israel, el antisemitismo, la furia suicida que nace del deseo de salir por la tele, colocar a los niños en la línea de fuego para que se conviertan en mártires, etc.); y, además, [todo esto] prueba que lo que motiva a los palestinos es un odio añejo hacia los judíos y que Arafat es un líder débil que permite que su gente ataque a judíos al liberar a terroristas y publicar libros de texto en los que se niega la existencia de Israel.
Existen probablemente una o dos fórmulas más que no he mencionado, pero en general el panorama es el de un Estado de Israel rodeado por bárbaros tira-piedras, de manera que incluso los misiles, los tanques, o los helicópteros que se han usado para defender a los israelíes de la violencia no son más que una forma de protección contra una fuerza tan terrible. Las declaraciones de Bill Clinton (que su secretaria de Estado ha repetido obedientemente como un loro) pidiendo a los palestinos que "se retiren" sugieren incluso que son los palestinos los que de hecho están invadiendo territorio israelí, y no al revés.
Merece la pena mencionar asimismo que la sionización de los medios de comunicación ha tenido tanto éxito que no se ha publicado ni en prensa ni en televisión un solo mapa que recuerde al lector y espectador norteamericano la existencia de asentamientos israelíes, las carreteras y las barricadas que cruzan tierra palestina en Gaza y Cisjordania. Es más, tal y como ocurrió en Beirut en 1982, existe en la actualidad un verdadero cerco israelí impuesto sobre los palestinos, incluidos Arafat y sus hombres. Completamente olvidado queda ya (si es que alguna vez se entendió) el sistema de zonas A, B y C [establecido en los Acuerdos de Oslo] mediante el cual se mantiene la ocupación del 40% de Gaza y del 60% de Cisjordania, un sistema al que el proceso de paz no tenía intención de poner fin, ni mucho menos modificar en su totalidad.
La ausencia de lo geográfico en la mayor parte de conflictos que son geográficos [por naturaleza] hace pensar que el vacío resultante es un punto extremadamente vital, puesto que las imágenes que se proyectan son mostradas totalmente fuera de contexto. Creo que esta omisión por parte de los medios de comunicación bajo control sionista ha sido deliberada desde el principio, y ha terminado por automatizarse. Esto es lo que ha permitido que comentaristas tan farsantes como Thomas Friedman vayan por ahí pregonando su mercancía sin ninguna vergüenza, hablando interminablemente sobre la imparcialidad estadounidense, la flexibilidad y la generosidad israelíes, y su propio pragmatismo perspicaz con el que censura a los líderes árabes y aturde a sus aburridos lectores. Este vacío tiene también como resultado el de permitir que se mantenga la noción tan ridícula de que habrá un ataque palestino sobre Israel, pero es también este vacío el que deshumaniza aún más si cabe a los palestinos como si fueran animales que ni sienten ni padecen. Por lo tanto no me sorprende que cuando se habla de cifras de muertos y heridos, no se mencione la nacionalidad: los norteamericanos asumen así que el sufrimiento se reparte por igual entre "las partes en conflicto"; de hecho, así se eleva el sufrimiento judío y se reducen o eliminan por completo los sentimientos árabes, excepto por supuesto los sentimientos de ira. La ira y todos sus elementos afines son lo único que define con certeza y seguridad el sentir de los palestinos; [la ira] explica la violencia y, de hecho, la reconstruye de tal modo que Israel termina convertido en el representante de la decencia y la democracia, siempre rodeado de ira y violencia. De ninguna otra manera se puede explicar esto de los tira-piedras y la valiente defensa israelí.
Nada se dice de las demoliciones de casas, las expropiaciones de tierra, las detenciones ilegales, la tortura, y cosas por el estilo. No se habla nunca de la que es, con la excepción de la ocupación japonesa en Corea, la ocupación militar más larga de la época moderna; nada sobre las resoluciones de Naciones Unidas; nada sobre las violaciones por parte israelí de todas las convenciones de Ginebra; nada sobre el sufrimiento de un pueblo y la terquedad del otro. Olvidadas quedan la catástrofe de 1948, la limpieza étnica y las masacres, la devastación de Qibya, Kafr Qassem, Sabra y Chatila, los largos años que tuvieron que vivir los ciudadanos israelíes no judíos bajo un régimen militar, por no hablar de la opresión continua a la que se han visto sometidos como una minoría perseguida dentro del Estado judío, en el cual constituyen el 20% [del total de la población]. Ariel Sharon es a lo más un provocador, nunca un criminal de guerra. Ehud Barak es un "hombre de Estado", no el carnicero de Beirut. El terrorismo siempre procede del campo palestino; la defensa, del israelí.
Lo que Friedman y otros pacifistas israelíes no dicen cuando hablan de la generosidad sin precedentes de Barak es lo que verdaderamente cuenta de dicha propuesta. No se nos recuerda que el compromiso de Barak de cumplir con el tercer plazo de la retirada del 12% del territorio acordada en Wye hace ya 18 meses nunca ha tenido lugar. ¿De qué nos valen entonces tantas concesiones? Se nos dice que Barak estaba dispuesto a devolver el 90% del territorio. Lo que no se dice es qué parte de ese 90% Israel no tiene intención de devolver. [Solamente] el [denominado] "Gran Jerusalén" ocupa ya más del 30% de Cisjordania; los asentamientos que serían anexionados [a Israel] suponen otro 15%; las carreteras militares de ciertas áreas están aún por determinar. Así que, después de restar todo esto, el 90% de lo que queda no es tanto.
Jerusalén: la concesión israelí consistía en estar dispuestos a discutir y quizás (pero sólo quizás), ofrecer algún tipo de soberanía compartida sobre la Explanada de las Mezquitas. La parte más deshonesta del asunto es que todo Jerusalén Occidental (que era en 1948 principalmente árabe), ya había sido cedida por Arafat, amén de una gran parte de Jerusalén Este. Un detalle más: rutinariamente, se habla de los disparos por arma corta de palestinos sobre Gilo, sin mencionar que Gilo está situado sobre tierra confiscada a Beit Jala (2), el lugar desde donde se dispara. Además, Beit Jala ha sido desproporcionadamente atacada por helicópteros israelíes con misiles destinados a destruir hogares civiles.
He hecho un repaso de los principales periódicos. Desde el 28 de Septiembre, se ha publicado una media de entre uno y tres artículos de opinión en periódicos como The New York Times, The Washington Post, The Wall Street Journal, Los Angeles Times, y The Boston Globe. Con la excepción de tres artículos escritos desde un punto de vista propalestino en Los Angeles Times y otros dos artículos publicados en The New York Times (uno de una abogada israelí, Alegra Pacheco; el otro de un periodista jordano partidario de los Acuerdos de Oslo, Rami Khoury), todos los artículos (incluyendo los de columnistas que escriben con regularidad como Friedman, William Safire, Charles Krauthammer y otros como ellos), han apoyado a Israel, el proceso de paz en el que EEUU ha actuado como mediador, y la idea de que la culpa de todo lo ocurrido la tiene la violencia palestina, la falta de cooperación por parte de Arafat o el fundamentalismo islámico. Todos estos escritores son ex militares norteamericanos, pero también funcionarios, defensores a ultranza de Israel, estrategas y expertos, o miembros de lobbies y organizaciones proisraelíes. En otras palabras: existe un consenso generalizado basado en la suposición de que, o bien no existe ninguna opinión árabe o islámica acerca de temas tales como las tácticas israelíes de terror contra civiles, las prácticas colonialistas de los asentamientos, o la ocupación militar, o que, de existir tales opiniones, no merecen ser escuchadas. Sencillamente, ésta es una situación sin precedentes en los anales del periodismo norteamericano, reflejo directo de la actitud sionista que convierte a Israel en patrón ideal del comportamiento humano, excluyendo cualquier consideración sobre la existencia de 300 millones de árabes y casi 1.200 millones de musulmanes [en el mundo]. A largo plazo, ésta es desde luego una actitud suicida para los sionistas, pero es tal la arrogancia de su poder que esto parece no habérsele ocurrido aún a nadie.
Esta actitud que he descrito es verdaderamente asombrosa por temeraria, y si no fuera una distorsión de la realidad tan practicada como real, uno podría pensar que estamos hablando de una forma bastante singular de trastorno mental. Pero es una actitud que se corresponde con la política oficial israelí de tratar a los palestinos no como un pueblo con una historia de desahucio del cual Israel es en gran medida responsable directo, sino como una molestia periódica contra la cual la única respuesta posible es el uso de la fuerza, nunca la comprensión o el acuerdo pleno. Cualquier otra opción es literalmente impensable. Esta ceguera tan asombrosa se ve agravada en EEUU debido a que no se presta ninguna atención a los árabes y musulmanes, salvo (como ya indiqué en otro artículo) cuando sirven como blanco de cualquier político que aspire a algo. Hace algunos días, Hillary Clinton anunció, en un gesto de la hipocresía más repugnante, que se disponía a devolver una donación de 50.000 dólares de un grupo musulmán norteamericano porque, según ella, el susodicho grupo apoyaba el terrorismo. De hecho, esto es una mentira como un templo, porque el grupo en cuestión únicamente había dicho que apoyaba la resistencia palestina contra Israel durante la actual crisis, lo cual no es en sí mismo una postura negativa; pero sí es una postura que está desde luego criminalizada dentro del sistema norteamericano por la sencilla razón de que el sionismo totalitario exige que cualquier crítica (y quiero decir literalmente cualquier crítica) hacia las acciones de Israel sea simplemente intolerable y deba ser considerada como muestra del más rancio antisemitismo. Y todo ello a pesar que el mundo entero ha criticado la política israelí de ocupación militar, la violencia desproporcionada, y el cerco al que se ven sometidos los palestinos. En EEUU, uno ha de abstenerse de cualquier crítica, o de lo contrario esperar que le cuelguen el cartel de antisemita, con todo el oprobio que ello conlleva.
Otra peculiaridad añadida del sionismo norteamericano, sistema de pensamiento antitético y distorsión orwelliana por excelencia, es que no está en absoluto permitido hablar de violencia judía o de acciones judías cuando se habla de Israel, a pesar de que todo lo que hace Israel se hace en el nombre del pueblo judío, por y para el Estado judío. Nunca se dice que, dado que el 20% de la población [de Israel] no es judía, tal denominación es errónea; lo cual también explica la enorme discrepancia que de un modo absolutamente deliberado existe entre lo que los medios denominan "árabes israelíes" y "los palestinos". Ningún lector puede saber que a fin de cuentas se trata del mismo pueblo, dividido de hecho a causa de la política sionista, o que ambas comunidades son la representación de los resultados de la política israelí: apartheid en un caso, ocupación militar y limpieza étnica en el otro.
En resumen: el sionismo norteamericano ha convertido cualquier discusión pública sobre Israel (receptor de la mayor parte de la ayuda exterior norteamericana), sobre su pasado y su futuro, en un tema tabú que no debe ser tocado bajo ninguna circunstancia. No es exagerado decir que éste es el último tabú que existe en el discurso norteamericano. El aborto, la homosexualidad, la pena de muerte, e incluso el sacrosanto presupuesto militar son objeto de discusión con cierta libertad, aunque siempre dentro de los límites establecidos. Se puede quemar una bandera norteamericana en público, pero es virtualmente impensable hablar del trato que durante los últimos 52 años y sistemáticamente Israel ha dispensado a los palestinos.
Este consenso podría llegar a tolerarse más o menos si no fuera porque convierte en virtud el castigo continuo y la deshumanización a la que se somete al pueblo palestino. No existe ningún pueblo sobre la faz de la tierra cuyo asesinato, retransmitido por televisión, sea considerado como algo aceptable y como un castigo bien merecido por el telespectador norteamericano. Este es el caso de los palestinos, cuyas pérdidas diarias de vidas son englobadas bajo el titular de "la violencia de ambas partes", como si las piedras y las hondas de los jóvenes cansados ya de tanta injusticia y tanta represión fuesen un insulto, y no una forma de resistir valerosamente al destino tan degradante con el que les obligan a batirse no sólo los soldados israelíes armados por EEUU, sino un proceso de paz diseñado con la finalidad de encerrarles como gallinas en bantustanes y reservas que son más propias para los animales que para las personas.
El verdadero crimen es el hecho de que quienes dentro de EEUU apoyan a Israel hayan podido conspirar durante siete años para terminar elaborando un documento especialmente diseñado para encerrar a la gente como si fuesen internos de un manicomio o una prisión. Que encima esto se haya hecho pasar como paz en lugar de la desolación que ha sido durante todo [este] tiempo, eso ya sí que sobrepasa toda mi capacidad de entender o describir adecuadamente la situación como algo menos que inmoralidad sin límites. Lo peor de todo es que el telón que protege el discurso norteamericano sobre Israel tiene tanto acero que no es posible siquiera sembrar alguna duda en las mentes de los hacedores de Oslo, que durante siete años han estado haciendo creer al mundo que su plan era un plan de paz. Uno ya no sabe qué es peor: si la mentalidad de quien piensa que los palestinos no tiene siquiera derecho a expresar su sentido de la injusticia (puesto que no llegan a la categoría de humanos para tener tales sentimientos), o la de quienes siguen conspirando para prolongar su estado de esclavitud.
Si esto fuera todo, la cosa ya sería lo suficientemente mala. Pero es que además el estado miserable que afecta a todo lo relacionado con el sionismo estadounidense se ve completado con la ausencia de cualquier institución, bien sea aquí, bien en el mundo árabe, que pueda producir una alternativa. Mucho me temo que la cobertura de las protestas de los tira-piedras en Belén, en Gaza, en Ramallah, en Nablús o en Hebrón, no encontrará una respuesta adecuada en el seno del vacilante liderazgo palestino, incapaz de retirarse o de seguir adelante. Eso es lo peor de todo.



2: Beit Jala, localidad vecina de Belén y bajo control de la Autoridad Palestina, fue ocupada por el ejército israelí en la madrugada del martes 28 de agosto durante 48 horas. Israel justificó tal medida, clara violación de los Acuerdos de Oslo, por el motivo indicado por Said, los disparos efectuados desde sus casas sobre el asentamiento de Gilo. [Nota de CSCAweb]

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