miércoles, 15 de agosto de 2012

El sionismo americano (I)


"Cualquier acuerdo de paz que se construya sobre la alianza con EEUU será una alianza que confirme el poder sionista, más que confrontarlo"

El sionismo norteamericano: el verdadero problema (I)(Publicado en Al-Ahram Weekly Online, 21 de septiembre de 2000)

ÉSTE es el primero de una serie de [tres] artículos que versarán sobre el tergiversado y escasamente entendido papel jugado por el sionismo norteamericano en la cuestión palestina. En mi opinión, el papel de los grupos sionistas organizados y sus actividades en EEUU no ha recibido la suficiente atención durante el periodo del llamado "proceso de paz", carencia que yo por mi parte encuentro absolutamente pasmosa, dado que la política palestina ha sido esencialmente la de arrojar nuestro destino como pueblo en brazos de EEUU sin tener ningún conocimiento estratégico de cómo la política estadounidense está efectivamente dominada, por no decir completamente controlada, por una pequeña minoría cuyos puntos de vista sobre la paz en Oriente Medio son de algún modo más extremos incluso que los del Likud israelí.
Dejen que les ofrezca un pequeño ejemplo. Hace un mes, el periódico israelí Ha'aretz envió a uno de sus principales columnistas, Ari Shavit, a que viniese varios días a charlar conmigo. Un buen resumen de nuestra larga conversación apareció en forma de entrevista en el suplemento del periódico, publicado el 18 de agosto [de 2000], prácticamente sin cortar y sin haber sido censurado. Expresé mis puntos de vista con sinceridad, haciendo énfasis en el derecho al retorno, los acontecimientos de 1948, y la responsabilidad de Israel en todo este asunto. Me sorprendió que mis puntos de vista fueran presentados tal y como yo los expresé, sin el más mínimo retoque editorial por parte de Shavit, cuyas preguntas fueron en todo momento formuladas cortésmente y sin ánimo de pelea.
Transcurrida una semana tras la entrevista, se publicó una respuesta a la misma escrita por Meron Benvenisti, ex teniente de alcalde de Jerusalén durante el mandato de Teddy Kollek. Fue repugnantemente personal, llena de insultos contra mí y mi familia. Pero [Benvenisti] nunca negó que existiera un pueblo palestino, o que los palestinos fueron expulsados en 1948. De hecho, lo que dijo fue: les hemos conquistado, así que ¿por qué hemos de sentirnos culpables? Una semana más tarde, respondí a Benvenisti en Ha´aretz: lo que escribí fue igualmente publicado en su totalidad, sin cortes. Les recordé a los lectores israelíes que Benvenisti era responsable (y probablemente estuviese al tanto del asesinato de varios palestinos) de la destrucción de Haret al-Magharibah en 1967, por la cual varios cientos de palestinos perdieron sus hogares a manos de las excavadoras israelíes. Pero no me vi en la obligación de recordarles ni a Benvenisti ni a los lectores de Ha´aretz que existimos como pueblo, y que al menos podemos debatir nuestro derecho al retorno. Eso se daba por supuesto.
Hay aquí dos cuestiones. Una es el hecho de que la entrevista al completo no podría haber aparecido en ningún periódico estadounidense, y desde luego no en un periódico judío norteamericano. Y aún en el caso de que esa entrevista hubiera tenido lugar, las preguntas habrían tomado un tono de confrontación, lleno de bravuconadas, insultante, con preguntas como: "¿por qué se ha visto usted involucrado en actividades terroristas?", "¿Por qué usted no reconoce el Estado de Israel?", "¿Por qué Hachch Amín era un nazi?" y cosas por el estilo. En segundo lugar, un sionista israelí de derechas como Benvenisti, sin importar cuánto pudiera odiarme a mí o a mis ideas, no negaría nunca que existe un pueblo palestino que fue obligado a marcharse en 1948. Un sionista estadounidense diría que no existió ninguna conquista o, como Joan Peters alegó en un libro ya extinto pero en ningún caso olvidado publicado en 1984 bajo el título de From time immemorial [Desde tiempo inmemorial] (que por cierto ganó todos los premios judíos cuando apareció), que no hubo palestinos que vivieran en Palestina antes de 1948.
Todo israelí admitirá sin rodeos (y sabe perfectamente bien) que todo lo que hoy es Israel fue una vez Palestina, que, como Moshe Dayan dijo abiertamente en 1976, cada ciudad y pueblo israelí tuvieron una vez un nombre árabe. Benvenisti afirma abiertamente que sí, que nosotros les conquistamos, y que qué pasa. ¡A ver por qué tenemos que sentirnos culpables por haber ganado! El discurso sionista norteamericano no es nunca tan directo ni tan honesto: siempre hay que andarse con rodeos, hablar de cómo se hizo florecer el desierto, hablar de la democracia israelí, etc., evitando de un modo absoluto los temas esenciales de 1948, que sí han vivido de hecho los israelíes. Para el norteamericano, estos hechos son casi fantasía o mito, nunca realidad. Tan alejados de la realidad están los estadounidenses que apoyan a Israel, tan atrapados dentro de las contradicciones del sentimiento de culpa de la diáspora con todo el triunfalismo que supone ser la minoría más poderosa y que más éxito ha tenido en EEUU (porque después de todo, ¿qué significado tiene ser sionista y no emigrar a Israel?), que lo que emerge de todo esto es muy a menudo una aterradora mezcla de violencia indirecta contra los árabes, un temor y un odio profundos hacia ellos, que es el resultado de no haber estado directamente en contacto con ellos, por contraposición con los judíos israelíes.
Para el sionista norteamericano, por lo tanto, los árabes no son seres reales, sino fantasías que representan casi todo aquello que puede ser demonizado y despreciado, muy especialmente el terrorismo y el antisemitismo. Recientemente he recibido una carta de un antiguo estudiante, una persona que ha tenido el privilegio de recibir la mejor educación que alguien puede recibir en EEUU, que todavía tiene el valor de preguntarme con toda la franqueza y la educación del mundo que por qué yo, como palestino, todavía permito que un nazi como hachch Amín (1) determine mi agenda política. "Antes de hachch Amín -escribe- Jerusalén no era importante para los árabes. Debido a su maldad, [Amín] convirtió Jerusalén en un tema importante para los árabes, simplemente para hacer fracasar las aspiraciones sionistas que siempre habían considerado Jerusalén como algo importante". Ésta no es la lógica de alguien que ha vivido con árabes y sabe algo concreto sobre ellos. Es la lógica de una persona que habla a través de un discurso bien organizado y lo hace guiado por una ideología que considera a los árabes solamente como funciones negativas, como la encarnación de violentas pasiones antisemitas. Por lo tanto, [los árabes] son gente contra la que hay que luchar y, llegado el caso, a la que hay que desposeer de todo. No es casualidad que Baruch Goldstein, el espantoso asesino de 29 palestinos que rezaban tranquilamente en la mezquita de Hebrón, fuese norteamericano, lo mismo que el rabino Meir Kahane. Lejos de constituir ejemplos aberrantes que avergüenzan a sus seguidores, tanto Goldstein como Kahane son reverenciados hoy en día por otros muchos de su calaña.
La mayor parte de los fanáticos colonos de extrema derecha que están en tierra palestina, hablando sobre "la Tierra de Israel" sin ningún tipo de remordimientos como si fuera de ellos, odiando e ignorando a los propietarios y residentes palestinos que viven a su alrededor, son también estadounidenses. Verles caminar por las calles de Hebrón como si la ciudad árabe fuese enteramente suya da miedo, un miedo agravado por la actitud desafiante y llena de desprecio de la que hacen gala frente a la mayoría árabe.
Saco a relucir todo esto porque quiero resaltar una cuestión esencial. Cuando, tras la Guerra del Golfo, la OLP adoptó la decisión estratégica (que por otra parte ya había sido adoptada por otros dos países árabes antes que la OLP) de trabajar con el gobierno de EEUU y a ser posible con el poderoso lobby que controla todas las discusiones sobre política de Oriente Medio, tomaron esa decisión (lo mismo que los otros dos países que lo habían hecho con anterioridad) sobre la base de una profunda ignorancia y unas suposiciones extraordinariamente equivocadas. La idea, tal y como la expresó un diplomático árabe poco después de 1967, era la de rendirse por completo, y decir, "ya no vamos a luchar más". Existían razones objetivas para defender este punto de vista en aquel entonces, lo mismo que existen ahora, sobre todo la de que continuar luchando tal y como los árabes habían hecho históricamente conduciría únicamente a la derrota y al desastre total. Sin embargo, yo creo firmemente que fue un error de bulto arrojarse en brazos de EEUU y decir, en efecto, que ya no íbamos a luchar, que nos dejaran unirnos a ellos, pero que, por favor, nos tratasen bien. La esperanza era que si nosotros cedíamos y decíamos no ser sus enemigos, seríamos recibidos como sus amigos árabes.
El problema radica en la disparidad de poder que siempre ha existido. Desde el punto de vista del poderoso, ¿qué diferencia hay en términos de estrategia si tu débil adversario cede y dice que ya no tiene nada más por lo que luchar, "aquí me tienes", "quiero ser tu aliado", "solamente te pido que intentes comprenderme un poquito mejor y así quizás puedas ser un poco más justo?" Un buen modo de responder a esta pregunta en términos prácticos y concretos es echar una mirada a la campaña senatorial de Nueva York, Estado en el que Hillary Clinton compite con el republicano Rick Lazio por el escaño que en la actualidad tiene el demócrata Daniel Patrick Moynihan, que va a retirarse. El año pasado Hillary dijo que ella estaba a favor del establecimiento de un Estado palestino y, durante una visita formal a Gaza con su marido, abrazó a Soha Arafat. Desde que la carrera por el senado ha dado comienzo en Nueva York, Hillary ha superado incluso a los sionistas más conservadores en su fervor por Israel y su oposición a Palestina, yendo incluso tan lejos como para pedir que la embajada de EEUU se traslade de Tel Aviv a Jerusalén, y aún peor, que se sea clemente con Jonathan Pollard, el espía israelí condenado por espionaje contra EEUU que en la actualidad está cumpliendo una sentencia de cadena perpetua. Sus adversarios republicanos han intentado ponerla en ridículo llamándola "amiga de los árabes", así como mediante la publicación de una fotografía en la que se la veía abrazando a Soha. Dado que Nueva York es la fortaleza del poder sionista, atacar a alguien con epítetos tales como "amante de los árabes" o "amiga de Soha Arafat" equivale al peor insulto posible. Y todo esto ocurre a pesar de que Arafat y la OLP son abiertamente aliados de EEUU y reciben ayuda financiera y militar norteamericana, al tiempo que en lo relativo a la seguridad se benefician del apoyo de los servicios de la CIA. Mientras, desde la Casa Blanca se publicó una foto de Lazio dándose un apretón de manos hace dos años con Arafat. Desde luego, una patada bien se merece una respuesta igual.
Lo que de verdad cuenta es que el discurso sionista es un discurso sobre el poder, y en ese discurso los árabes son el objeto del poder; objeto, por otra parte, despreciado. Al haberse rendido ante este poder como antagonista vencido, [los árabes] nunca podrán esperar estar en una situación de igual a igual con ese mismo poder. De ahí el insultante y degradante espectáculo facilitado por Arafat (que será por siempre jamás el símbolo de la enemistad en la mente sionista), utilizado en un concurso local dentro de EEUU por dos oponentes que intentan demostrarse el uno al otro quién es más pro-israelí. Y ni siquiera Hillary Clinton o Rick Lazio son judíos.
En mi próximo artículo discutiré cómo la única estrategia política abierta a los árabes y los palestinos dentro de EEUU no es un pacto con los sionistas de aquí ni con la política estadounidense, sino una campaña masiva que se dirija a la población intercediendo por los derechos humanos, civiles y políticos palestinos. Cualquier otro arreglo, bien sea [los Acuerdos de] Oslo, bien Camp David, estará llamado a fracasar porque, hablando claro, el discurso oficial está dominado por el sionismo y, con algunas excepciones a título individual, no existen alternativas al mismo. Por lo tanto, cualquier acuerdo de paz que se construya sobre la alianza con EEUU será una alianza que confirme el poder sionista, más que confrontarlo. Someterse de un modo tan débil a la política [estadounidense] sobre Oriente Medio controlada como lo está por el sionismo, como los árabes llevan ya haciendo durante una generación, no traerá ni estabilidad en la región, ni igualdad o justicia en EEUU. Aún así, la ironía es que dentro de EEUU existe un número considerable de gente dispuesta a mostrarse crítica tanto con Israel como con la política exterior de EEUU. La tragedia es que los árabes son demasiado débiles, están demasiado divididos, demasiado desorganizados, y son demasiado ignorantes como para aprovecharse de esta situación. Más adelante hablaré sobre estas cuestiones, porque mi objetivo es llegar a una nueva generación que quizás se encuentra desanimada debido al estado miserable y denigrante en el que nuestro pueblo y nuestra cultura se encuentran en la actualidad, así como al sentido de pérdida humillante e indigna que todos experimentamos a resultas de ello.


1: La controvertida trayectoria de hachch Amín al-Husaini refleja las dificultades de la primera resistencia palestina al proyecto sionista. Desde su posición como gran muftí de Jerusalén alentó la revuelta de 1929, y también lideró la insurrección palestina de 1936-39 desde la presidencia del Alto Comité Árabe. En el contexto de enfrentamiento palestino con Gran Bretaña, la entonces potencia mandataria, hachch Amín al-Husaini declaró sus simpatías por la Alemania nazi, lo que al estallar la Segunda Guerra Mundial le llevó al exilio en Bagdad y posteriormente en Berlín. Aunque intentó tener un activo papel en los planes de posguerra para la región, el desprestigio de sus veleidades nazis y la nueva fuerza de los planes de NNUU de partición de Palestina le fueron superando, hasta quedar arrinconado cuando su proyecto de instalar un Gobierno palestino en la zona palestina conservada por los árabes en 1948 se esfumó al anexionarse el emir Abdallah Cisjordania. El término hachch es un título honorífico de caracter religios. [Nota de CSCAweb]

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