domingo, 17 de julio de 2011

Auschwitz o la gran coartada (1960)

Este texto fue puiblicado el año 1960 en el n° 11 de la revista Programme Communiste y se atribuye al dirigente comunista italiano, crítico del antifascismo, Amadeo Bordiga. La reflexión de Bordiga consagró el revisionismo del holocausto, emprendido por el dirigente pacifista francés Paul Rassinier, como postura crítica de izquierda frente al fraude del antifascismo. El original francés puede cotejarse aquí:

http://www.adecaf.com/geno/auswi/auswi/Auschwitz%20ou%20le%20grand%20alibi.pdf

La prensa de izquierda acaba de demostrar nuevamente que, de hecho, el racismo, esencialmente el antisemitismo, constituye hasta cierto punto la gran coartada del antifascista, su bandera favorita y su último refugio en la discusión. ¿Quién resiste a la evocación de los campos de exterminación y los hornos crematorios? ¿Quién no se inclina delante de los 6 millones de judíos asesinados? ¿Quién no se estremece delante del sadismo nazi? Sin embargo, esta es una de las más escandalosas mixtificaciones del antifascismo, y vamos a desmontarlo.

Un reciente afiche del MRAP (1) atribuye al nazismo la responsabilidad en la muerte de 50 millones de seres humanos entre los cuales 6 millones de judíos. Esta posición, idéntica al «fascismo-promotor-de-guerra» de los supuestos comunistas, es una posición típicamente burguesa. Rechazando ver en el capitalismo en sí la causa de las crisis y cataclismos que asolan periódicamente al mundo, los ideólogos burgueses y reformistas han pretendido siempre explicarlos por la maldad de unos u otros. Vemos aquí la identidad fundamental de las ideologías (si osamos a decir) fascistas y antifascistas: ambas proclaman que son el pensamiento, las ideas, la voluntad de grupos humanos quienes determinan los fenómenos sociales. Contra estas ideologías, que llamamos burguesas ya que defienden al capitalismo, contra estos «idealistas» pasados, presentes y futuros, el marxismo ha demostrado que son, al contrario, las relaciones sociales quienes determinan el movimiento de las ideologías. Esta es la base misma del marxismo, y para darse cuenta hasta qué punto nuestros pretendidos marxistas la han renegado basta ver que en ellos todo pasa en la idea: el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo mismo no son más que estados mentales. Y a causa de esto todos los males que sufre la humanidad se deben a malvados promotores: promotores de miseria, promotores de opresión, fomentadores de guerra, etc.

El marxismo ha demostrado que al contrario, la miseria, la opresión, las guerras y destrucciones, lejos de ser anomalías debidas a voluntades deliberadas y maléficas, las mismas forman parte del funcionamiento «normal» del capitalismo. Esto se aplica en particular a las guerras de la época imperialista. Y aquí hay un punto que vamos a desarrollar un poco más, a causa de la importancia que este representa para nuestro sujeto: el de la destrucción.

Admitiendo que nuestros burgueses o reformistas sostengan que las guerras imperialistas son debidas a conflictos de intereses, ellos mismos se ubican muy por debajo de lo que significa el capitalismo. Lo vemos en su incomprensión del sentido de la destrucción. Para ellos la finalidad de la guerra es la victoria y la destrucción de hombres e instalaciones ocasionadas al adversario no son más que medios para lograr aquel fin. ¡A tal punto que algunos inocentes preven guerras mediante somníferos! Hemos demostrado por el contrario que la destrucción era el fin principal de la guerra. Las rivalidades imperialistas que constituyen la causa inmediata de las guerras, no son sino la consecuencia de la sobreproducción cada vez más creciente. La producción capitalista está obligada efectivamente a precipitarse y tratar de frenar la caída de la tasa de beneficios junto a la crisis que nace de la necesidad de acrecentar sin cesar la producción y la imposibilidad de dar salida a sus productos. La guerra es la solución capitalista a la crisis: la destrucción masiva de instalaciones, medios de producción y productos permite a la producción arrancar de nuevo, y a la destrucción de hombres remediar la crisis de «superpoblaciòn» periódica que va paralela a la sobreproducción. Hay que ser un iluminado pequeñoburgués para creer que los conflictos imperialistas pudieran arreglarse al poker come en mesa redonda, y que estas enormes destrucciones y la muerte de decenas de mllones de hombres no se deba sino a la obstinación de unos, la maldad de otros y la codicia de terceros.

Ya en 1844, Marx reprochaba a los economistas burgueses de considerar la codicia como innata en lugar de explicarla. Es también desde 1844 que el marxismo ha mostrado cuáles eran las causas de la «superpoblación». «La demanda de hombres rige necesariamente la producción de hombres como una mercancía cualquiera. Si la oferta supera ampliamente la demanda, una parte de los trabajadores cae en la mendicidad o muere de hambre» escribe Marx. Y Engels: «Sólo hay superpoblación allí donde hay demasiadas fuerzas productivas en general» y «…(lo hemos visto) que la propiedad privada ha hecho del hombre una mercancía, cuya producción y destrucción no dependen sino de la demanda, y que la competencia ha estrangulado y continúa estrangulando a millones de hombres…» (2). La última guerra imperialista, lejos de cuestionar el marxismo y de justificar su «actualización» ha confirmado la exactitud de nuestras explicaciones.

Era, pues, necesario recordar estos puntos antes de ocuparnos de la exterminación de los judíos. Esta ocurre en efecto, no en un momento cualquiera, mas en plena crisis y guerra imperialistas. Es, pues, en el interior de esta gigantesca empresa de destrucción que es preciso explicarla. El problema está claro, ya no hay que explicar el «nihilismo destructor» de los nazis, sino por qué la destrucción se concentró en parte sobre los judíos. Sobre este punto nazis y antifascistas están de acuerdo: es el racismo, el odio a los judíos, es una «pasión», libre y feroz, lo que causó la muerte a los judíos. Pero nosotros marxistas, sabemos que no hay pasión social libre, nada es más determinado que estos grandes movimientos de odio colectivo. Vamos a ver que el estudio del antisemitismo de la época imperialista no hace más que ilustrar esta verdad.

Lo hacemos a propósito cuando decimos: el antisemitismo de la época imperialista, ya que si idealistas de todo pelo, de nazis a teóricos «judíos», consideran que el odio a los judíos ha sido el mismo en todas las épocas y lugares, nosotros sabemos que no es así. El antisemitismo de la época actual es totalmente diferente al de la época feudal (3). No podemos desarrollar aquí la historia de los judíos que los marxistas ya han explicado cabalmente. Sabemos por qué la sociedad feudal mantuvo los judíos como tales: sabemos que si las burguesías fuertes, aquellas que pudieron tempranamente hacer su revolución política (Inglaterra, Estados Unidos, Francia) han asimilado a sus judíos casi totalmente, no obstante las burguesías débiles no lo han logrado. No tenemos por qué explicar aquí la supervivencia de los «judíos», sino el antisemitismo de la época imperialista. No será difícil de explicarlo si en lugar de ocuparnos de la naturaleza de los judíos y de los antisemitas consideramos su lugar en la sociedad.

Como consecuencia de su historia pasada, los judíos se encuentran hoy en día esencialmente en la mediana y pequeña burguesía. Ahora bien, esta clase está condenada por el avance irresistible de la concentración del capital. Es eso lo que nos explica que esta sea la fuente del antisemitismo, que, como dice Engels, no es «otra cosa que una reacción de capas sociales feudales, destinadas a desaparecer, contra la sociedad moderna compuesta esencialmente por capitalistas y asalariados. Este no está más que al servicio de objetivos reaccionarios bajo un velo pretendidamente socialista».

La Alemania de entre-dos-guerras nos muestra esta situación a un grado particularmente agudo. Sacudido por la guerra, el empuje revolucionario de 1918-28, amenazado todavía por el proletariado, el capitalismo alemán sufre profundamente la crisis mundial de la post-guerra. Mientras que las burguesías victoriosas más fuertes (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia), fueron relativamente poco tocadas, superando fácilmente la crisis de «readaptación de la economía a la paz», el capitalismo alemán cayó en un marasmo completo. Y son tal vez las pequeñas y medias burguesías las que más padecerán, como en todas las crisis que conducen a la proletarización de las clases medias y a una concentración creciente del capital mediante la eliminación de una parte de las pequeñas y medianas empresas. La situación era tal que los pequeños burgueses arruinados, quebrados, embargados, liquidados no podían ni siquiera caer en el proletariado, golpeado él mismo por el desempleo (7 millones de parados en el paroxismo de la crisis): éstos caían pues directamente en el estado de mendigos, condenados a morir de hambre en cuanto agotaran sus reservas. Es en reacción a esta terrible amenaza que la pequeña burguesía ha «inventado» el antisemitismo. No tanto, como dicen los metafísicos, para explicar las desgracias que la golpeaban, sino para tratar de preservarse de éstas, concentrándolas en uno de sus grupos. A la horrible presión económica, a la amenaza difusa de destrucción que volvía incierta la existencia de todos sus miembros, la pequeña burguesía reaccionó sacrificando una de sus partes, esperando así salvar y asegurar la existencia de las otras. El antisemitismo no proviene tampoco de un «plan maquiavélico», mucho menos de «ideas perversas»; éste resulta de la coacción económica. El odio a los judíos, lejos de ser una razón a priori de su destrucción, no es sino la expresión del deseo de delimitar sobre ellos la destrucción.

Ocurre a veces que los obreros caigan en el racismo. Mientras son amenazados de desempleo, éstos tratan de concentrarlo sobre ciertos grupos: italianos, polacos u otros «metecos», «bicots», «negros», etc. Pero dentro del proletariado estos accesos no tienen lugar sino en los peores momentos de desmoralización y no duran. A partir de que el proletariado entra en lucha, logra ver clara y concretamente dónde está su enemigo: él es una clase homogénea que tiene una perspectiva y una misión históricas.

La pequeña burguesía, al contrario, es una clase condenada. Condenada además a no comprender nada, a ser incapaz de luchar: ella no puede sino debatirse ciegamente en la prensa que la tritura. El racismo no es una aberración del espíritu; este es y será la reacción pequeño-burguesa. La opción de la «raza», es decir escoger el grupo sobre el cual se trata de concentrar la destrucción, depende evidentemente de las circunstancias. En Alemania, los judíos reunían las «condiciones requeridas» y eran los únicos que las reunían: todos eran casi exclusivamente pequeños-burgueses y, dentro de esta pequeña burguesía, el único grupo suficientemente identificable. No era sino sobre ellos que la pequeña burguesía contaba canalizar la catástrofe.

En efecto, era necesario que la identificación no presentara alguna dificultad: había que definir exactamente quién sería dispensado. De allí el recuento de abuelos bautizados que, en contradicción flagrante con las teorías de la raza y la sangre, bastaba para demostrar su incoherencia. ¡Se trataba, pues, de lógica! El demócrata que se contenta con demostrar lo absurdo y la ignominia del racismo pasa como de costumbre al lado de la cuestión.

Acosada por el capital, la pequeña burguesía alemana ha arrojado a los judíos a los lobos para aligerar el trineo y salvarse. No de forma consciente, por supuesto, pero este era el sentido de su odio por los judíos y la satisfacción que le producía la clausura y el saqueo de los almacenes judíos. Podríamos decir que por su lado el gran capital se encuentra encantado por la noticia: podía liquidar una parte de la pequeña burguesía; mejor todavía, sería la pequeña burguesía misma quien se encargaría de esta liquidación. Sin embargo, esta forma «personalizada» de presentar al capital no es más que una mala imagen: la pequeña burguesía no sabe lo que hace, el capitalismo menos aún. Éste sufre la coacción económica inmediata y sigue pasivamente las líneas de menor resistencia.

No hemos hablado del proletariado alemán. Y es porque el mismo no intervino directamente en este asunto. Éste había sido vencido y, por supuesto, la liquidación de los judíos no pudo realizarse sino después de su derrota. Las fuerzas sociales que condujeron a dicha liquidación existían antes de la derrota del proletariado. Ésta les hubo de permitir su «realización», dejando las manos libres al capitalismo.

Es entonces cuando comienza la liquidación económica de los judíos: expropiación en todas sus formas, despojo de funciones en las profesiones liberales, la administración, etc. Poco a poco los judíos fueron privados de todo medio de existencia, viviendo de las reservas que habían podido salvar. Durante todo este período que va hasta vísperas de la guerra, la política de los nazis hacia los judíos se resume en dos palabras: Juden raus! ¡Judíos fuera! Se buscó por todos los medios favorecer la emigración de los judíos. Los nazis no buscaban sino desembarazarse de los judíos, con los cuales no sabían qué hacer; si, de un lado, los judíos no pedían otra cosa que irse de Alemania, nadie en ninguna parte quería dejarlos entrar. Y esto no debe sorprendernos, ya que nadie podía dejarlos entrar: no había un solo país capaz de absorber y mantener a varios millones de pequeños burgueses arruinados. Sólo una pequeña parte de los judíos pudo partir. La mayoría se quedó, a su pesar y pese a los nazis. Suspendidos en el aire, si osamos decir.

La guerra imperialista agravó la situación cuantitativa y cualitativamente. Cuantivamente, puesto que el capitalismo alemán, obligado a reducir a la pequeña burguesía para concentrar entre sus manos el capital europeo, había extendido la liquidación de los judíos a toda Europa Central. El antisemitismo había demostrado su eficacia; no había sino que continuar. Esto se correspondía con el antisemitismo indígena de Europa Central aun cuando éste era más complejo (una horrible mezcla de antisemitismo feudal y pequeño-burgués, dentro de cuyo análisis no podemos entrar aquí).

La situación se agravó cualitativamente también. Debido a la guerra, las condiciones de vida se habían vuelto cada vez más duras: las reservas de los judíos se fundían, encontrándose condenados a morir de hambre en poco tiempo.

En circunstancias «normales», tratándose de un pequeño número, el capitalismo puede dejar morir perfectamente a los hombres que expulsa del proceso productivo. Pero esto era imposible de hacerlo en plena guerra y contra millones de hombres: tal «desorden» hubiese paralizado todo. Al capitalismo le era preciso organizar su muerte.

Y esto no los hubiese matado enseguida. Para comenzar, se les retiró de la circulación, se les reagrupó, se les concentró. Se les hizo trabajar subalimentándolos, es decir sobreexplotándolos hasta la muerte. Matar a un hombre mediante el trabajo es un viejo método del capital. Marx escribía en 1844: «Para ser llevada con éxito, la batalla industrial precisa de numerosos ejércitos, que puedan ser concentrados en un punto y diezmados copiosamente» Era necesario que la gente pudiese sufragar sus gastos mientras vivieran y luego cuando murieran. Que éstos produjeran plusvalía el tiempo más largo posible, ya que el capital, si no puede extraer beneficios de este envío al patibulo, tampoco puede ejecutar a los hombres que él mismo condenó.

Pero el hombre es coriáceo. Reducidos, incluso, al estado esquelético, los judíos no morían tan rápidamente. Había que masacrar a aquéllos que no podían ya trabajar, luego a aquéllos de los cuales no se tenía más necesidad, ya que los avatares de la guerra hacían inutilizable esta fuerza de trabajo.

El capitalismo alemán no se resignaba al asesinato puro y simple. No por humanitarismo sino porque con esto no se ganaba nada. Es así como nació la misión de Joel Brand del cual hablaremos, ya que su historia coloca bien a la luz la responsabilidad del capitalismo mundial (4). Joel Brand era dirigente en una organización semiclandestina de judíos húngaros. Esta organización buscaba salvar judíos por todos los medios: escondites, emigración clandestina, y también corrupción de los S.S. Los S.S. del Juden Kommando toleraban estas organizaciones, tratando más o menos de utilizarlas como «auxiliares» en las operaciones de redadas y triaje.

En abril de 1944, Joël Brand fue convocado al Judenkommando de Budapest para encontrar a Eichmann, quien era el jefe de la sección judía de Himmler. Aquél le encargó la siguiente misión: ir a casa de los anglo-americanos para la venta de un millón de judíos.

Los S.S. pedían a cambio 10.000 camiones, sin negarse a cualquier otro tipo de negocio, tanto por su naturaleza como por la cantidad de mercancías, proponiendo además la entrega de 100.000 judíos a la recepción del acuerdo para mostrar su buena fe. Era un asunto serio.

¡Desgraciadamente, si la oferta existía, la demanda no! No sólo los judíos sino también los S.S. se habían dejado engañar por la propaganda humanitaria de los aliados. Los aliados no querían nada de este millón; ni por 10.000 camiones, ni por 5.000, ni siquiera por nada.

No podemos entrar en detalles sobre las vicisitudes de Joël Brand. Partió hacia Turquía y se debatió en las prisiones inglesas del Cercano Oriente. Los aliados negándose a «tomar este asunto en serio», hacen todo lo posible por encerrarlo y desacreditarlo. Finalmente Joel Brand encuentra a Lord Moyne, ministro del Estado Británico para el Cercano Oriente, en El Cairo. Brand le suplica para obtener al menos un acuerdo escrito, aunque después no se honorara: ya serían al menos 100.000 vidas salvadas.

"- ¿Y cual sería el número total?

- Eichmann habló de un millón.

- ¿Cómo se imagina Ud. una cosa semejante, mister Brand? ¿Qué hago yo con un millón de judíos? ¿Dónde los meto? ¿Quién los acogerá?

- Si la tierra no tiene sitio para nosotros, no nos queda otro remedio que dejarnos exterminar» (5) dijo Brand, desesperado."

Los S.S. fueron más lentos en comprender, ¡ellos creían en los ideales de Occidente! Después del fracaso de la misión de Joël Brand y en medio de exterminaciones, los nazis tratarán todavían de vender judíos al Joint (6) entregando un «anticipo» de 1700 judíos en Suiza. Aparte de los nazis nadie estaba dispuesto a concluir esta negociación.

Joël Brand lo había comprendido, o casi. Él había comprendido cuál era la situación, pero no el porqué. No era en la tierra donde no había más plaza sino en la sociedad capitalista. Y no había lugar para ellos, no porque eran judíos sino porque fueron rechazados del proceso de producción, inútiles para la producción. Lord Moyne fue asesinado por dos terroristas judíos, y Joël Brand supo más tarde que él se compadeció muchas veces del trágico destino de los judíos. «Su política le fue dictada por la administración inhumana de Londres». Pero Brand no comprendió que es esta administración del capital y el capital mismo los que son inhumanos. Este no sabía ni siquiera qué hacer de los raros sobrevivientes, esas «personas desplazadas» que no se sabía donde ubicar.

Los judíos sobrevivientes finalmente lograron hacerse una plaza. Por la fuerza y aprovechando la coyuntura internacional se formó el Estado de Israel. Pero ello incluso no pudo ser posible que «desplazando» otras poblaciones: centenas de miles de refugiados árabes que arrastran, desde entonces, su existencia inútil (¡al capital!) en los campos de alojamiento (7).

Hemos visto cómo el capitalismo condenó a muerte a millones de hombres expulsándolos de la producción. Hemos visto cómo los masacró sin dejar de extraerles toda la plusvalía que les fue posible. Queda ver cómo el capitalismo los explota todavía después de su muerte.

Son ante todo los imperialistas del campo aliado quienes se sirvieron de esta masacre para justificar su guerra y justificar, después de la guerra, el tratamiento infame infligido al pueblo alemán. Cómo nos precipitamos sobre campos y cadáveres, paseando por todas partes fotos horribles y clamando: ¡Vean lo hijos de puta que eran esos boches! ¡Cuánta razón tuvimos de haberlos combatido! ¡Y cómo ahora tenemos razón de hacerles pasar el trago amargo! Cuando se piensa en los innumerables crímenes cometidos por el imperialismo; cuando se piensa, por ejemplo, que en ese mismo momento (1945) en que nuestros Thorez cantaban su victoria sobre el fascismo, 45.000 argelinos (¡provocadores fascistas!) caían bajo los golpes de la represión; cuando se piensa que es el capitalismo mundial el responsable de estas masacres da realmente náuseas el innoble cinismo de esta satisfacción hipócrita.

Al mismo tiempo todos nuestros buenos demócratas se arrojaron sobre los cadáveres de los judíos. Que desde entonces no han cesado de agitar ante las narices del proletariado. ¿Para hacerles sentir la infamia del capitalismo? Al contrario, para hacerles apreciar por contraste la verdadera democracia, el verdadero progreso, ¡el bienestar del cual uno goza en la sociedad capitalista! Los horrores de la muerte capitalista deben hacer olvidar al proletariado los horrores de la vida capitalista y del hecho que ¡ambos están indisolublemente ligados! Las experiencias de los médicos S.S. deben hacer olvidar que el capitalismo experimenta a gran escala productos cancerígenos, los efectos del alcoholismo sobre la herencia, la radioactividad de las bombas «democráticas». Si se muestran las lámparas forradas en piel de hombre, es para hacer olvidar que el capitalismo ha transformado al hombre viviente en lámpara. Las montañas de cabellos, los dientes en oro, el cuerpo del hombre muerto han convertido al hombre viviente en mercancía. Es el trabajo, la vida misma del hombre que el capitalismo ha transformado en mercancía. Es ésta la fuente de todos los males. Utilizar los cadáveres de las víctimas del capital para tratar de esconder la verdad, hacer que estos cadáveres sirvan a la protección del capital es bien la más infame forma de explotarlos hasta la médula.

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(1) Movimiento contra el Racismo, el Antisemitismo y por la Paz

(2) Citado de los Manuscritos de 1844.

(3) El comercio, sobre todo el comercio de dinero, era extraño al esquema de la sociedad feudal, arrojado a gentes fuera de esta sociedad, generalmete los judíos. El ostracismo que los aturdía traducía la tentativa del feudalismo de mantener estas actividades realizándose al margen de la sociedad. Sin embargo, el comercio y la usura venían a ser las formas primarias del capital: el odio a los judíos expresaba de manera mixtificada e inadecuada la resistencia que las clase de la sociedad feudal, del paisano al hidalgo, pasando por el artesano de la guilda y el clero, oponían al irresistible desarrollo del mercantilismo que disolvía su orden social. Así como después del auge del capitalismo productivo y la gran industria, la tradición «popular» pequeño-burguesa continúa identificando judío y capital.

(4) Ver: L’Histoire de Joël Brand, por Alex Weissberg; Ediciones del Seuil.

(5) En op. cit.

(6) Joint: Jewish Comitée, Organización de judíos estadounidenses.

(7) El objeto del artículo no era evidentemente la cuestión del Estado de Israel y el problema palestino en general. No es aquí tampoco la cuestión a tratar, pero podemos añadir algunas observaciones:

El movimiento comunista ha condenado siempre al sionismo como una falsa solución burguesa al «problema judío», un problema que en realidad no es un problema nacional sino un problema social; el sionismo ha demostrado que un Estado hebreo en Palestina no podía ser sino un instrumento de la dominación imperialista en Medio Oriente. Es lo que afirma en particular la Internacional Comunista en los años 20, la evolución ulterior no ha hecho más que confirmar nuestra posición. El triunfo de la contrarrevolución estaliniana, el aplastamiento internacional del proletariado y su ausencia de la escena histórica en tanto que fuerza independiente durante decenios, han permitido al imperialismo hacer trabajar para sus propios fines hasta sus propias víctimas, los sobrevivientes de la exterminación.

El Estado que debía supuestamente eliminar el antisemitismo, la discriminación racial, no sólo no solucionó la «cuestión hebrea» a escala mundial, sino que él mismo ha sido fundado sobre la discriminación y la opresión racial y religiosa. Este no es un Estado nacional en el sentido moderno, burgués, es decir fundado sobre la igualdad jurídica de todos los ciudadanos sino un Estado colonial. A tal punto que ha podido retomar contra los árabes las leyes discriminatorias tal cual el colonialismo inglés había promulgado contra los judíos, entre otros. Lo que que ha logrado obtener el imperialismo es que varios millones de sus víctimas identifiquen la defensa de su sobrevivencia con la defensa de su Estado colonial y racial, cabeza de playa del imperialismo U.S. y genderme regional por cuenta de la santa alianza imperialista.

Es verdad que la constitución del Estado de Israel ha contribuido también a revolucionar el área árabe; pero a su costa, como lo hace siempre la penetración y opresión capitalistas. Las masas palestinas, la mayor parte expropiadas y dispersas por toda la región, juegan en esta situación un rol de fermento revolucionario. La coalición contrarrevolucionaria que va de los Estados árabes más reaccionarios al Estado hebreo, capitalista e imperialista, englobando poco a poco a los Estados más «progresistas», más el peso enorme del imperialismo mundial, someten a estas masas a una opresión y represión feroces. A través de un largo y doloroso camino, estas masas ven cerrarse todas las soluciones nacionales y burguesas, empujadas a erigirse contra todo el sistema de Estados del lugar y todo el equilibrio mantenido por el imperialismo. Estas circunstancias constituyen el elemento motor de la lucha de clase en Medio Oriente, el cual deberá integrarse a la lucha del proletariado mundial.

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