lunes, 12 de diciembre de 2011

James Petras: "el sionismo es el stalinismo del siglo XXI"

http://www.aporrea.org/tiburon/n144951.html

Véase también el informe posterior publicado por Petras al respecto:


http://izquierdanacionaltrabajadores.blogspot.com/2011/01/informe-petras-6-9-2010.html


James Petras: “el sionismo es el estalinismo del siglo XXI y se ha adueñado de los centros de poder en Estados Unidos".


Por: Efraín Chury Iribarne / CX36 Radio Centenario


4 de noviembre de 2009


Chury: Petras, como lo hago siempre, quería preguntarte en qué estás ocupado en este momento en materia de análisis.


Petras: Bueno, empezando un pequeño artículo sobre la marcha atrás del gobierno norteamericano con las negociaciones con Israel y Palestina. Hace más de seis meses el gobierno de Obama insistió que los israelitas congelen los asentamientos y construcciones en Jerusalén y en la franja palestina y los israelitas están construyendo 3.000 nuevos departamentos allá y hace una semana la señora Clinton insistió que no era más condición que Israel pare la construcción y los palestinos deben empezar las negociaciones. Y esta marcha atrás está denunciada por muchos progresistas, incluso algunos israelitas diciendo que Estados Unidos debe dejar de chuparle el dedo a los israelitas y presiona. Pero no mencionó la clave en toda esta política vergonzosa que es que EE.UU. está actuando como mendicante pidiendo y después capitulando. No mencionan el hecho de que esta marcha atrás es producto del poder de los sionistas en EE.UU. que están en una campaña frontal hace tiempo defendiendo los nuevos asentamientos y poniéndose en contra de Obama porque quería congelarlos para empezar las negociaciones. Y otra vez ninguna persona, incluso los que critican la política de Clinton y Obama sobre esta marcha atrás, ha mencionado el poder de los sionistas, su campaña, su influencia.


Y otra cosa en relación con eso es el reportaje Goldstone, esta Comisión de las Naciones Unidas que denunció y documentó los asesinatos y masacres israelitas. Aquí en el Congreso norteamericano los sionistas han conseguido más de tres cuartas partes del Congreso para repudiar el informe de 500 páginas documentado por Goldstone que no sólo es un juez respetado sino que él mismo es un judío que incluso apoya a Israel en términos generales. Y eso otra vez muestra el tremendo poder que tienen los sionistas controlando toda la conducta y política norteamericana en relación con el Medio Oriente, en particular cualquier cosa vinculada con Israel.


Y nadie, pero nadie aquí, con excepción de pequeños grupos minúsculos, se atreve a mencionar el poder sionista en EE.UU. Ni Chomsky ni todos los destacados intelectuales están a la altura de poner el énfasis no sólo sobre Obama y Clinton sino sobre los que los controlan e influyen.


Fíjate que el señor Obama hace dos semanas estuvo en Nueva York recogiendo dinero, hasta 3 millones, 30 mil por pareja. Y los organizadores de esta reunión eran financistas sionistas y eso explica también la marcha atrás del señor Obama.


Chury: Una situación desesperanzadora, más allá de que no se abrigaran demasiadas esperanzas. Pero esto es como la concreción anunciada de un fracaso.


Petras: Sí, es vergonzoso. Fíjate un poder que tira bombas sobre Irak, tira bombas sobre Pakistán y en relación con Israel está de rodillas cuando pide una propuesta política. Incluso la señora Clinton estuvo en Pakistán acusando al gobierno de esconderse de los de Al Qaeda, de no buscarlos con fuerza. Mientras hay esta actitud de arrogancia y prepotencia con Pakistán, del otro lado de rodillas ante Israel, un país de menos personas, menos influencia en el mundo intelectual y todo lo demás. Aquí tenemos la explicación de esta paradoja que es el poder sionista en los EE.UU, y su inserción en posiciones muy importantes. El jefe de Comité del Congreso, encargado de la denuncia del informe Goldstone, es el señor Howard Berman, un sionista de California. Así que no sólo hay presión afuera del gobierno sino que está infiltrada la quinta columna en el Congreso, los Comités del Congreso, en el Ejecutivo y en otros sectores gubernamentales, incluso Hacienda donde organizan las campañas para las sanciones contra Irán el señor Stuart Levey. Y yo estoy documentando todo eso en un informe que voy a terminar en una o dos semanas.


Chury: ¿Cómo el sionismo se ha adueñado tanto de los centros de poder en Estados Unidos?


Petras: Porque están organizados. Hay 51 organizaciones sionistas en EE.UU. que representan un 25 ó 30 por ciento de lo que llaman judíos. Porque hay mucha gente que llaman judíos pero no practican la religión ni tienen nada que ver con las organizaciones sionistas incluso en las organizaciones judías. Entonces entre aproximadamente 6 millones hay organizados 2 millones pero entre ellos hay muchos multimillonarios fanáticos que tienen dinero para financiar campañas. Y segundo, hay un compromiso ideológico entre muchas personas organizadas a favor de Israel, que esta red se apoyan unas a otras en el avance y ubicación de sionistas en el gobierno. No es simplemente casual, no es una decisión individual. Hay un nepotismo que opera porque comparten una ideología. Hay una militancia muy fuerte, hay autodisciplina y organización que pasa línea.


En cierto sentido me recuerda mucho a los stalinistas. Mucha gente intelectual muestra un conocimiento de economía, de ciencia, de lo que sea, pero cuando tocan el tema de los crímenes de Israel se callan la boca, no los mencionan. Como los juicios de Stalin en los años 30, tratan de la misma forma el tema con explicaciones de que los palestinos son terroristas, como los stalinistas decían que críticos eran agentes de Hitler.


Es un gran paralelismo entre la forma que actúan las organizaciones sionistas y la subordinación total a los intereses del estado de Israel con lo que hizo el Partido Comunista en los años 30 frente a Stalin y todas sus políticas de purgas, de firma de acuerdos con los nazis, etc.


Es algo similar y tal vez podríamos decir que el sionismo es el stalinismo del siglo XXI.


Chury: Petras, finalmente se ha conocido por una declaración de José Mujica en Uruguay su apoyo a la instalación de bases militares norteamericanas en Colombia y a la vez han firmado la instalación o la utilización de las bases por parte de los militares de Estados Unidos. Fuerzas norteamericanas que tendrán inmunidad total y no deberán responder frente a las autoridades de Colombia sino frente a las autoridades de EE.UU. ¿Qué se puede decir sobre eso?


Petras: Es un enclave colonial. Porque la impunidad total, la jurisdicción norteamericana son típicas de las colonias que hemos visto en varios momentos en varios países. El control que tiene sobre la operativa de las bases y también la inserción en el mando militar colombiano. Es evidente que los EE.UU. hace tiempo que están operando en estas bases, no es nada nuevo. Ahora, firmar el acuerdo es simplemente dar una fachada legal a lo que ha existido por mucho tiempo.


Yo creo que no tiene que ver tanto con la lucha interna porque como hemos visto en otras entrevistas EE.UU. está presente hace tiempo con una mezcla de oficiales y mercenarios contratados por el Pentágono más las operaciones clandestinas de la CIA. Creo que lo obvio en esta situación es que las bases militares norteamericanas son para controlar operaciones contra Venezuela, darles más peso a la táctica y estrategia de desestabilización y la infiltración de la subversión particularmente en Venezuela. En ese sentido Mujica es cómplice con esta campaña de destruir la democracia y el proceso social en Venezuela. No es simplemente un boludo caminando y tirando propuestas en el aire. Yo creo que está muy consciente que la operación norteamericana está dirigida contra Venezuela y esa es la forma de acompañar este proceso.


Chury: El otro día me hablaste de un propósito norteamericano de utilizar bases en Paraguay. Ya hay alguna base por allí, pero ¿hay algo nuevo con respecto a eso?


Petras: Bueno, el señor Lugo y su equipo, han tenido relaciones con fundaciones norteamericanas, particularmente fundaciones conectadas con el gobierno. Estos funcionarios antes eran ONG. Ahora, Lugo es un político que utilizó una retórica populista para atraer el voto de las clases populares y los campesinos. Pero en realidad si uno analiza el interior de su equipo y los vínculos que mantiene por ejemplo con la publicación ABC y con la radio que tiene, sus antecedentes están con operaciones norteamericanas. La declaración que hizo hace dos meses de que no va a permitir tropas y enseguida dio marcha atrás y ahora hay más de 300 soldados norteamericanos metidos en operaciones y ejercicios en Paraguay. Creo que hay un mal entendido entre las revistas y publicaciones sobre quién es Lugo. Lugo no es nada progresista, es un oficial político con antecedentes paternalistas cuando era miembro del clero y ahora sigue siendo un político que manipula la opinión pública dando declaraciones y después dando la vuelta y apoyando una colaboración muy estrecha con los EE.UU. Y particularmente es un peligro para Bolivia, que ha tomado una posición más socialdemócrata de economía mixta, con más críticas a Washington. Entonces creo que Paraguay para Washington es el contrapeso de Bolivia como Colombia es el contrapeso contra Venezuela.


Está tratando de crear contrapesos en América Latina en ese sentido.


Perú contra Ecuador, Colombia contra Venezuela y Paraguay contra Bolivia.


Chury: Muy bien. Petras, sé que es un tema entreverado el de Honduras porque el partido Liberal cuenta entre sus filas al golpista, al ex presidente Zelaya y al candidato en las próximas elecciones, una cosa muy compleja. Pero ¿cómo ves esa situación?


Petras: Yo no entiendo cómo la izquierda está saludando este acuerdo que firmaron los negociadores de Zelaya porque deja todo el asunto del arreglo en el Congreso controlado por los golpistas y el Congreso no se va a convocar porque está en receso, están en campaña electoral y no tienen ningún interés en convocarse y tomar la decisión de restitución. Y ahora hay una gran contradicción porque Zelaya dice que primero apoyó el acuerdo, ahora dice que no es dependiente del Congreso.Que se queda colgado todo el asunto porque depende de un acuerdo que no se va a cumplir en ningún caso y las condiciones para el cumplimiento están en manos de los golpistas.


Fíjate que incluso en la mejor condición, el acuerdo deja toda la estructura golpista intacta: el ejército, el Poder Judicial, nada de proceso judicial contra los golpistas.


Entonces ¿qué pasa? Si Zelaya vuelve está totalmente dependiente de los poderes existentes. Pero más allá de todo eso, ni eso se cumple y no tienen ninguna intención. No sé cómo los negociadores de Zelaya podrían firmar un acuerdo que deja toda la decisión del retorno de Zelaya en las manos del golpista que no tiene ninguna intención de cumplir estas condiciones. Creo que es muy prematuro y un error político darle tanto aplauso a un acuerdo manipulado por la señora Clinton que estaba involucrada en este acuerdo. Y todo el mundo sabe que ella quería limitar al máximo el tiempo que va a quedar en el gobierno Zelaya y fortalecer a los golpistas en la institucionalidad. Y las dos cosas están en marcha ahora: Zelaya no va a volver por un tiempo extenso. Lo van a poner en la presidencia como figurín una semana antes de las elecciones pero el acuerdo legitima las elecciones bajo el control de militares, bajo la ocupación de la ciudad por los militares, donde los únicos candidatos son de la derecha y ultra derecha y un pequeño grupúsculo de izquierda que se mete en este proceso.


Yo creo que la izquierda es demasiado seguidora y si Zelaya dice a dicen a sin analizar el contenido del documento firmado.


Chury: Bueno, ese seguimiento de la izquierda a Zelaya se da también en otros países pero que no tienen el problema que ahora tiene Honduras.


Petras, muy bueno el análisis, te lo agradezco muchísimo en nombre de la audiencia y nos reencontramos el próximo lunes.


Petras: Bueno. Un saludo para los taxistas, amas de casa, oficinistas y los demás oyentes.


Un abrazo.


http://petras.lahaine.org/
 
http://es.wikipedia.org/wiki/James_Petras

El holocausto como negocio:

http://www.foroporlamemoria.info/documentos/2004/jpetras_maig2004.htm

sábado, 12 de noviembre de 2011

De Leo Strauss al Pentágono: referentes filosóficos de la ideología oligárquica

Allan Bloom, discípulo de Leo Strauss y maestro del subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz.


EL REINO SECRETO DE LEO STRAUSS

Leo Strauss, cuya influencia se ha vuelto tan grande en el gobierno de los EU. Él enseñaba que no hay Dios, que el hombre y la humanidad no le importan un bledo al universo y que toda la historia humana no es más que un puntito insignificante en el cosmos. La estrategia intelectual deliberada de poner de relieve la figura de Platón, pero convirtiéndolo en "un fascista en secreto", caracterizó al profesor de Harvard, Allan Bloom. El propio Bloom era un discípulo destacado del profesor alemán de la Universidad de Chicago, Leo Strauss, cuyos seguidores ahora dominan el "pensamiento" estratégico y jurídico del gobierno de Bush.

Hace apenas una década, un amigo y yo leímos por primera vez The Closing of the American Mind (El cierre de la mente estadounidense) de Allan Bloom, y nos sentíamos muy atraídos por él. ¿Por qué? Para comenzar, su oposición a la contracultura parecía nacerle del corazón. Describía, por ejemplo, cómo, siendo profesor universitario, se llevaba sus propias grabaciones a los dormitorios de sus alumnos, para lograr que quitaran su música rock y escucharan Mozart con él. Además, Bloom denunciaba apasionadamente el hecho de que las universidades no enseñaban nada; lo mismo digo yo. Por otra parte, también veía que tenía discrepancias con Bloom, pero pensaba darle el beneficio de la duda; tal vez resultaran ser cosas que no entendía bien.



Mi amigo y yo pensábamos acercarnos a Bloom para que se uniera a la campaña de Lyndon LaRouche. Pero primero quería averiguar más.


Como recordará cualquiera que lo haya leído, The Closing of the American Mind siempre te deja un peculiar saborcito intelectual, dondequiera que uno cierre el libro. En medio de otros asuntos, Bloom caía en declaraciones enfáticas e inesperadas, al parecer sin nada que ver con el tema, que no desarrollaba, y, precisamente por ese motivo, le daban vueltas en la mente a uno por días.


Todavía recuerdo dos. Bloom escribió que en el juicio a Sócrates estaban presentes hombres que querían que se le exonerara; ellos eran los "caballeros". Pero, ¿qué quería decir con ese término de "caballero"? Nunca se lo había escuchado usar a nadie en ese contexto, pero Bloom simplemente lo soltaba en esa frase aislada, y luego nunca retomaba el hilo. En otro aparte escribió que a Sócrates se le acusó de no creer en los dioses de la ciudad, y de inventar otros dioses. Obsérvese, escribía Bloom, que Sócrates no negó esa acusación. Pero me parecía recordar que Sócrates sí lo había negado y, perplejo por el comentario de Bloom, encontré en la Apología de Sócrates, de Platón, las palabras con que Sócrates lo niega.


Y, sin embargo, se suponía que este Bloom era un erudito del griego, traductor de Platón. ¿A qué le tiraba? ¿Qué quería decir?


Strauss versus Sócrates

Cuando descubrí que Allan Bloom fue seguidor del finado profesor Leo Strauss, de la Universidad de Chicago, decidí que tenía que averiguar qué había dicho Strauss. El único conocimiento que tenía de Strauss en ese entonces era por conducto de otro amigo, cuya madre tomó su curso en la New School de Nueva York, donde Strauss dictó clase de 1938 a 1948. Ella se maravillaba de su dominio del griego antiguo; por lo demás, todo lo que recordaba era su minuciosa atención a los textos.


Leo Strauss, nacido de padres judíos piadosos en 1899, en Kirchhain, Alemania, junto a Marburgo, en la provincia de Hessen, vivió en Estados Unidos desde 1938 hasta su muerte en Annapolis, Maryland, en 1973. Escribió al menos dieciséis libros, la mayoría de ellos muy largos y con títulos tan poco interesantes como La ciudad y el hombre, o El derecho natural y la historia. Decidí que leería su libro Sócrates y Aristófanes, tanto porque el tema me interesaba, como porque ahora recordaba que Bloom me había dado la impresión, en uno de aquellos pasajes oscuros que intercalaba, de que la sátira de Aristófanes contra Sócrates en su obra Las nubes, fue cierta, al menos en parte, cuando en realidad yo sabía que era una mentira.


Vadeando el material introductorio de Strauss en su Sócrates y Aristófanes, todo parece simple, sin arte y completamente aburrido. Aristófanes escribió una obra sobre Sócrates. Esa obra, Las nubes, es importante —de hecho esencial— para entender las cuestiones en torno a Sócrates. Y luego, ¡aquí está! Strauss nos zambulle de una vez en su propia traducción de la obra. Una traducción bastante prosaica, por cierto, con el fardo adicional de instrucciones escenográficas insertadas por Strauss, e incluso instrucciones para lo que ocurre fuera de escena, que de alguna manera opacan el diálogo.


Hasta ahí, todo bien. A la larga, habiendo sobrevivido a Las nubes, regresé de vuelta a Leo Strauss. Por importante que sea la obra, escribe, no puede entenderse fuera de contexto. Han sobrevivido otras diez obras de Aristófanes, dice, y ¡aquí están! En sus propias traducciones, secas como el polvo, con todo y sus dilatadas instrucciones escenográficas. Hice el libro a un lado, y con él mi proyecto de leer libros largos de Leo Strauss.


Tiene que haber otra manera


Ahora bien, tenía un amigo con formación clásica, con quien estaba en frecuente contacto, quien a la sazón conducía un prolongado seminario sobre La República de Platón, con algunos voluntarios de Lyndon LaRouche, quien por aquel entonces se encontraba en prisión víctima de una repetición del juicio fraudulento contra Sócrates en Atenas. De algún modo, supe que mi amigo, líder del seminario, había estudiado con el straussiano Stanley Rosen.


Este seminario sobre Platón siempre me había parecido una especie de revoltijo. Algunas partes, que creo provenían de los estudios propios de mi amigo sobre Atenas, eran muy útiles, Otros eran inexplicables y siniestros, tales como su insistencia, por ejemplo, en que Sócrates "seducía" a sus oyentes. Pero más al grano, había una especie de peculiaridad indefinible, ominosa, que pendía en todas las discusiones.


A la larga, me quedó claro que Strauss, por conducto de Stanley Rosen, tuvo el mismo efecto en mi amigo, que el que tuvo Martin Heidegger, profesor de Strauss, en el propio Strauss. Como tan atinadamente lo narra Shadia Drury:


"Nada tuvo mayor efecto en Strauss, que la manera en que Heidegger estudiaba un texto. Le fascinó totalmente el análisis de Heidegger de la Metafísica de Aristóteles; le parecía que el enfoque de Heidegger desentrañaba los tejidos intelectuales de un texto, y era distinto a cualquier cosa que hubiese visto u oído jamás. La reacción de Strauss no era única. Se decía que el estilo de enseñanza de Heidegger tenía un efecto totalmente hipnótico. Le acusaban de "dominación mística". Su objetivo no era tanto el entendimiento, como la iniciación en una secta mística. Precisamente por ese motivo advertía Karl Jaspers en una carta a la Comisión de Desnazificación, en contra de que Heidegger volviese a dictar cátedra después de la guerra. El sentido de la carta de Jaspers era que el estilo de Heidegger era profundamente libre, y que los estudiantes no eran lo suficientemente fuertes para resistirse a su hechizo. Los jóvenes no estarían a salvo con Heidegger, hasta que aprendiesen a pensar por sí mismos, y en eso Heidegger no podía ayudarles para nada. Lo mismo puede decirse de Strauss, en escala mucho menor".


Cabalismo en Annapolis


También tenemos en el movimiento larouchista impresiones de Saint John's College, de Annapolis, Maryland, y de Santa Fé, Nuevo México, con su programa de "grandes libros", otro producto de la Universidad de Chicago.


Hace poco tuve ocasión de reunirme con un pariente de uno de nuestros miembros que, en efecto, es evangelista de Saint John; en poco tiempo me estaba dando descripciones sucintas de todos los cursos que allí se dictan. Cuando habló de una clase sobre un diálogo platónico, dijo que la profesora se había amanecido contando todas las palabras del diálogo, para poderle mostrar a sus alumnos la palabra central de todo el libro —la número 25.000, por ejemplo, de un total de 50.000—, con la idea de que la palabra central identifica la idea central de la obra.


"¡Suena igual que Strauss!", rompí diciendo. Sí, me contestó; Strauss tiene influencia en el programa clásico de Saint John's.


Esa influencia es quizá más amplia. Ya desde los años cincuenta el colegio de Saint John en Annapolis, había estado por años bajo la conducción de Jacob Klein, amigo de Strauss de toda la vida. Strauss se retiró de la Universidad de Chicago en 1967, y luego pasó un año en el colegio de varones Claremont, en California. Después, desde 1969 hasta su muerte en 1973, Strauss fue académico residente de Saint John, en Annapolis.


Ahora, ¿sería acaso casualidad que los libros de Strauss, especialmente los posteriores, fuesen ilegibles? Su objetivo era asegurar que una inmensa mayoría de los lectores perdieran el interés, tras no encontrar más que trilladas exhortaciones a la moralidad, el patriotismo y el temor de Dios. Así era la lectura del libro de Bloom, The Closing of the American Mind, durante las diez semanas que estuvo entre los éxitos de librería: una lista de exhortaciones inocuas. Las grandes masas no hallarían más que moralejas manidas. Pero los pocos "hombres jóvenes inteligentes" —porque siempre eran "hombres" o "muchachos", nunca "mujeres" o "gente"— se intrigarían con estos obiter dicta, o comentarios fragmentarios, siempre al margen del tema central, y decían: "Y eso, ¿de qué se trata en realidad? Tengo que meterle el diente, tengo que entender". Y entonces los llamaban aparte, y les enseñaban en privado, individualmente.


Es un caso parecido al del policía infiltrado, quien dice, cuandoquiera que surge algo importante en la reunión, "tengo que hablarte de esto después de la reunión". Nunca trata ningún tema de importancia en la reunión, sino en privado, persona por persona, porque siempre le dice distintas cosas a distintas personas.


'Sin temor y sin esperanza'


Con mucho, el mejor libro sobre Strauss es The Political Ideas of Leo Strauss (Las ideas políticas de Leo Strauss), de Shadia Drury, de 1988. Es posible que su excelencia se deba en parte a su conocimiento de que hay un sentido en que ninguna mujer puede ser straussiana. De hecho, Strauss dijo que niguna mujer puede ser filósofo. Pero el objetivo de muchos de los muchachos u hombres jóvenes que estudiaban con Strauss era ser "filósofos".


Un ejemplo del método de Strauss, es la relación que hace Drury de un debate entre dos destacados straussianos —Thomas Pangle y Harry Jaffa— publicado en el Claremont Review de fines de 1984 a mediados de 1985, y continuado en la revista National Review el 20 y 29 de noviembre de 1985. Pangle había dado a entender que para Sócrates (es decir, para Strauss) la virtud moral era inaplicable al hombre verdaderamente inteligente, el filósofo. La virtud moral sólo existía en la opinión popular, donde su propósito es controlar a la mayoría no inteligente. En otro aparte del mismo debate, Pangle sostenía que la filosofía, según Strauss, desmentía la fe religiosa. Conforme arreciaba la pelea, Pangle agregaba que Strauss había calificado el carácter único de los Estados, de "moderno", que para los straussianos es uno de los términos de mayor abuso.


Harry Jaffa halló "la interpretación de Pangle completamente ajena a su propia comprensión de su profesor y amigo de treinta años", relata Drury. "Jaffa observa que tal visión de Strauss es nietzscheana, y ataca a Pangle por haber corrompido el legado de Leo Strauss" (Drury 1988, pág. 182).


¿Cómo es posible tal contradicción? Como dice Drury, "Strauss le enseñaba cosas distintas a estudiantes como Jaffa y Pangle" (Drury 1988, pág. 188). Las enseñanzas esotéricas o supuestamente secretas que se le inculcaban a Pangle, Bloom, Werner Dannhauser y muchos otros, presuntamente incluido Paul Wolfowitz, protegido de Bloom, eran, en efecto, puro Nietzsche. De hecho, la versión que Pangle representó en ese debate de 1984–1984, por escandalosa que le haya parecido a Jaffa, estaba muy diluida. De Nietzsche a Leo Strauss, sólo los nombres han cambiado, como dicen. Para comenzar, lo que Nietzsche llama el "superhombre" o "el próximo hombre", Strauss lo llama "el filósofo".


El filósofo–superhombre, es aquel raro hombre que puede hacerle frente a la verdad: que no hay Dios, que el hombre y la humanidad no le importan un bledo al universo, y que toda la historia humana no es más que un puntito insignificante en el cosmos, que tan pronto comenzó como desaparecerá nuevamente, sin dejar la menor traza. Que no hay moralidad, que el bien y el mal no existen, y que cualquier concepto de la otra vida, por supuesto, es un cuento de hadas.


En un panegírico a un colega, Strauss dijo: "Creo que murió como filósofo. Sin temor, pero también sin esperanza".


Pero la gran mayoría de los hombres y mujeres, por otra parte, distan tanto de poder hacerle frente a la verdad, que pertenecen prácticamente a otra especie. Nietzsche los llamaba la "manada", y también "esclavos". Requieren el "coco" de un Dios amenazante y el castigo en la otra vida, y la ficción del bien y el mal morales. Sin tales ilusiones, enloquecerían y saldrían de quicio, y todo el orden social, cualquiera que este sea, se vendría abajo. Y como la naturaleza humana nunca cambia, según Strauss, así será para siempre.


Son los filósofos–superhombres los que le proporcionan a la manada las creencias religiosas, morales, etc., que necesitan, pero que los propios superhombres saben que son mentiras. Nietzsche dijo que sus superhombres han de ser "sacerdotes ateos", y Strauss pretende que sus mentiras son "mentiras nobles". Pero no hacen esto por benevolencia, desde luego; Nietzsche y Strauss se mofan de la benevolencia, como algo indigno de dioses y hombres endiosados. Más bien, los "filósofos" se valen de estas falsedades para forjar la sociedad al amaño de los "filósofos" mismos.


Ahora bien, los "filósofos" requieren varias clases de gente que les sirva, incluidos los "caballeros", aquella palabra que tanto me había intrigado cuando Bloom la empleó hablando del juicio a Sócrates. En vez de enseñanzas esotéricas o "secretas", los futuros "caballeros" son aleccionados en las enseñanzas "exotéricas" o públicas. Les enseñan a creer en religión, moralidad, patriotismo y servicio público, y algunos entran al gobierno. Piensen en el ex secretario de Educación William Bennett y su Book of Virtues (Libro de las virtudes). Además de estas virtudes tradicionales, claro, también creen en los "filósofos", que les enseñaron todas estas cosas buenas.


Aquellos "caballeros" que se hagan estadistas, seguirán acatando el consejo de los filósofos. Este imperio de los filósofos, a través de sus testaferros en el gobierno, es lo que Strauss llama el "reino secreto" de los filósofos, "reino secreto" que es el objetivo de vida de muchos de los estudiantes esotéricos de Strauss.


Ocultándose de la verdad


Ahora, las pecularidades que hallé en el libro de Allan Bloom, así como en el seminario sobre Platón que mencioné, nacen, no sólo del nietzscheanismo de Strauss y Bloom, sino igualmente de la insistencia de Strauss en que la verdad debe ocultarse, cosa que Nietzsche no se atrevió a compartir de la misma manera.


Debido precisamente a que la verdad, si se conoce, destruiría tanto a la sociedad como a los filósofos mismos, Strauss decía que Platón y los filósofos de la antigüedad, así como el propio Strauss, escribían en una especie de clave, cuyo verdadero significado sólo le era visible a los sabios. Si por casualidad el vulgo repasaba los libros, sólo encontraría los mitos trillados e inocuos sobre las recompensas a la virtud, el castigo al vicio y así sucesivamente.


Strauss daba el ejemplo de al–Farabi, otro de sus autores esotéricos, para explicar cómo se puede decir la verdad con palabras, sólo para engañar. "El piadoso asceta era muy conocido en la ciudad por su abstinencia, humildad y mortificación, así como su probidad, corrección y devoción. Mas por algún motivo despertó la hostilidad del soberano de su ciudad. Este ordenó arrestarlo, y para asegurar que no se fugara, puso en alerta a los guardias a las puertas de la ciudad. No obstante, el asceta logró escapar. Vestido de borracho y cantando al son de los timbales, se acercó a las puertas de la ciudad. Cuando el centinela le preguntó quién era, le respondió que era el asceta piadoso que todo mundo andaba buscando. El guardia no le creyó, y lo dejó pasar". [Drury, 1988, pág. x–xi]


Nada tiene de raro, pues, que el Allan Bloom a quien pensábamos haber conocido yo y otros en las páginas de The Closing of the American Mind, realmente no era Allan Bloom en absoluto. Se obtiene una idea más veraz de sus verdaderas convicciones, de los extractos de su "ensayo interpretativo" sobre La República, de Platón. De hecho, el verdadero Allan Bloom era, entre otras cosas, un homosexual promiscuo cuya vida fue segada por el sida. Al darse cuenta que se moría, encargó a su íntimo amigo Saul Bellow, novelista de la Universidad de Chicago, escribir lo que han llamado un "monumento literario" a Allan Bloom, una novela en clave titulada Ravelstein. Es una biografía verídica. Bellow quizás justifique el haber ocultado algunos hechos sobre sí mismo por la necesidad de mantener en primer plano a su amigo Bloom. Mas, por lo demás, sólo han cambiado los nombres y algunos detalles menores. Bloom es "Revelstein", Strauss es "Davarr" ("palabra", en hebreo) y el propio Bellow es "Chick" o "Chickie" ("Pollo" o "Pollito").

Paul Wolfowitz
La red straussiana


De ser un profesor con gustos lujosos, pero sin los medios para dárselos, The Closing of the American Mind hizo de Bloom un multimillonario instantáneo. Tan sólo las regalías del Japón se contaban en millones. El libro de Bellow comienza con un banquete fastuoso, costosísimo, organizado por Bloom para unas dos docenas de personas, incluido Bellow, en el Crillon, que Bloom había escogido como el mejor hotel de París. Bloom y Bellow se levantan al otro día a las dos de la tarde, y se van de compras a las tiendas más caras de París. A la larga, adquieren una chaqueta amarilla, de 5.000 dólares, hecha a la medida para Bloom. Luego, en un café, Bloom, nervioso, derrama un café expreso por la pechera de su chaqueta nueva. Bellow se estremece, e intenta asegurarle a su amigo que el conserje del Crillon sabrá cómo repararle la chaqueta, pero Bloom no hace más que reírse incontrolablemente.


En vez de un teléfono, Bloom tiene en su apartamento en Chicago lo que vendría a ser un conmutador telefónico privado, hecho a la medida. Pasaba gran parte del tiempo sentado en el centro de su telaraña, recibiendo llamadas telefónicas. Con este dispositivo podía tener esperando a varias personas a la vez, mientras que presuntamente hablaba en conferencia con otros en discusiones improvisadas o preparadas de antemano. Y Bloom, quien murió en 1992, fue uno de los primeros en portar el equivalente de un teléfono celular, para poder recibir sus importantes llamadas en cualquier parte.


Describen un incidente en que Bloom recibió en su aparato una llamada de Wolfowitz, en Washington, durante la guerra del Golfo en 1991. Wolfowitz le dijo a Bloom que la Casa Blanca iba a anunciar al día siguiente que no avanzarían contra Bagdad. Bloom los acusó de cobardes.


Y lo que hacía era hablar de política, manejarles sus carreras al plantel de acólitos, hablar de sus vidas amorosas y de las vidas amorosas de otros, y encontrarles parejas. De hecho, ayudó a desbaratarle el matrimonio a Saul Bellow, al tiempo que le encontró una joven y hermosa asistente literaria, estudiante de Bloom, quien se enamoró de Bellow y se casó con él.


No olvidemos que Strauss sacó a cien doctorados. Bloom graduó a otros muchos. Y ellos, a su vez, graduaron a otros, y así sucesivamente. A estas alturas ya se graduó la cuarta generación. Y cada uno tenía su papel, ya fuese esotérico o exotérico, "filósofo" o "caballero", disidente o lo que fuese. No olvidemos que un puesto académico codiciado requiere de diez a veinte recomendaciones incondicionalmente positivas, de otros que ya han ocupado tales cargos. En esto sí, los straussianos siempre se dan la mano, sin importar lo que pudieran parecer gravísimas discrepancias. Y este sistema de patronato académico se extiende al gobierno, mediante la creciente proliferación de "bancos de cerebros" que hacen de puente entre los dos ámbitos. Este fue el puente que cruzaron Wolfowitz y muchos otros straussianos.


Ahora, año y medio después del 11 de septiembre, el "reino secreto" parece estar por fin a la vista, o tal vez ya exista. Algo por el estilo debió haber soñado Nietzsche en los delirios sifílicos de sus últimos días.

Tony Papert

Fuente:

http://www.schillerinstitute.org/newspanish/institutoschiller/literatura/reinosecretleos.html

http://www.filosofia-catalana.com/docs/altres/altres2/El%20reino%20secreto%20de%20Leo%20Strauss.pdf

Véase también:

http://www.filosofia.mx/index.php?/perse/archivos/leo_strauss/

http://www.um.es/sfrm/publicac/pdf_espinosa/n3_espinosa_pdf/esp_n3053JosepMonserrat.pdf

viernes, 14 de octubre de 2011

Leo Strauss, patriarca "neocon"

El término “neocon” se ha convertido en referente del actual paradigma norteamericano: de un ambicioso proyecto de hegemonía ideológica. Pero, ¿de qué manantial beben los nuevos conservadores? Un pensador judío alemán (1899-1973), gran lector de Platón, es el guía, el patriarca.


En los años 80, contra el “multiculturalismo”, sus seguidores pedían una vuelta a los clásicos de Occidente.


Para Strauss, la esencia del Estado es política y la política se basa en la oposición entre amigo y enemigo.


La búsqueda del consentimiento por medio de la mentira es para Strauss condición indispensable para que la “alta política” llegue a buen puerto.


JOSEP MARIA RUIZ SIMON - 26/11/2003


Dejó escrito Pascal que si Cleopatra hubiera tenido una nariz más corta habría cambiado la faz del mundo. Al leer las decenas de artículos que estos últimos meses se han dedicado a la influencia del pensamiento de Leo Strauss en la política exterior estadounidense, uno no puede dejar de preguntarse si el mundo hoy también sería distinto en el caso de que algunos straussianos no ocuparan posiciones clave en la Administración Bush y en el aparato mediático y académico que le da cobertura. Se puede pensar que no hay menester de recurrir a las ideas cuando para dar razón de una política basta, como en la actualidad, con hacer referencia a los intereses económicos de quienes, como las grandes corporaciones, parecen tener el suficiente poder como para conseguir implementarla. Pero las cosas no son, por supuesto, tan simples. Para que los intereses se traduzcan en decisiones hace falta persuadir de la pertinencia de estas decisiones a los dirigentes que han de tomarlas y a los ciudadanos que tendrían que consentirlas. Es en este contexto en el que hay que situar el fenómeno straussiano. La historia del straussianismo, la historia de los discípulos y de los discípulos de los discípulos de Strauss, es la historia de una gran persuasión.


La persuasión del gobernante y la búsqueda del consentimiento por medio de la mentira son precisamente, para Strauss, condiciones indispensables para que la “alta política” (la que buscan favorecer los “sabios”, la que ha de permitir instaurar el “mejor régimen”, el régimen que mejor sirve a los mejores) llegue a buen puerto. Maestros en el arte de crear prejuicios y expertos en las técnicas de legitimación, los straussianos han conseguido cambiar en profundidad (y no sólo en el ámbito de la política exterior) el discurso conservador estadounidense. Y lo han podido hacer gracias al apoyo financiero de las grandes corporaciones que, a través de fundaciones como la Olin, la Sarah Scaife, la Bradley o el American Enterprise Institute (AEI), han sufragado con cientos de millones de dólares no sólo la publicación y difusión de los libros y revistas que han promovido sus ideas, sino también los numerosísimos departamentos universitarios que ocupan (sobre todo de Ciencias Políticas) y los “laboratorios de ideas” que controlan (los famosos “think tanks”, que son un vínculo privilegiado entre la reflexión académica neoconservadora y la agenda política republicana, en la que desempeñan un papel determinante).


En buena parte gracias a la eficaz actuación de estos “laboratorios” el pensamiento de Strauss ha sido, desde la era Reagan, una de las principales fuentes, si no la principal, de la renovación de la cultura política del conservadurismo norteamericano. No debería olvidarse, en lo que a esto se refiere, que antes de que se inventara la “guerra contra el terror” se produjo, en el interior de Estados Unidos, lo que se conoció como la “guerra de la cultura”. Y que, en esta guerra, los straussianos ya llevaron la voz cantante.


La “primera generación” de straussianos, con Allan Bloom (fundador en 1984 del centro de estudios de la fundación Olin y discípulo dilecto de Strauss) al frente, rearmó el arsenal del pensamiento conservador dotándolo de unos argumentos que iban más allá de la adhesión cerril a los valores tradicionales y de la defensa economicista del libre mercado. “The closing of American mind” (en España, “El cierre de la mente moderna”, 1987), de Bloom, un best-séller de larga duración que algunos straussianos recomiendan aún hoy a quienes quieran introducirse en el pensamiento del maestro, ofrecía, a través de un análisis de la cultura universitaria norteamericana, un diagnóstico del régimen de EE.UU. y una terapia. El diagnóstico era pesimista: el régimen estadounidense estaba, desde los años sesenta, en una crisis cultural y moral profunda. Bloom, siguiendo a Strauss, pensaba este régimen por analogía a la República alemana de Weimar, que desembocó en el III Reich. El pensamiento “nihilista” y el abuso que los liberales hacían de la neutralidad del Estado habían llevado a EE.UU. al borde del abismo. Se imponía una terapia drástica.


En el terreno académico, esta terapia prescribía, en clara polémica con el “multiculturalismo”, una vuelta a los clásicos, a la lectura de los “grandes libros” de la tradición de Occidente como escuelas de excelencia moral. Este programa tenía también una clara traducción política. En su punto de mira estaban la eliminación de las políticas de “discriminación positiva” de las minorías, el cierre del grifo de las subvenciones a la cultura “corruptora” de los jóvenes, la defensa institucional de los valores religiosos, la implantación de una interpretación restrictiva de la libertad de expresión reconocida por la Primera Enmienda y el recorte del Estado de bienestar y de los derechos de la mujer. Desde la era Reagan se han multiplicado, con el patrocino de fundaciones como Olin, Bradley o AEI, las publicaciones e iniciativas que han legitimado, cuando las circunstancias políticas lo han permitido, la implementación progresiva (a nivel federal o estatal) de aquel programa. Libros como los de Dinesh d'Souza o Charles Murray sobre el racismo, los de Christina Hoff Sommers contra el feminismo o los de Lynne Munson sobre la política cultural han desempeñado un importante papel en este proceso.


Gracias a los straussianos, el conservadurismo, desde los sesenta a la defensiva, pudo jugar al ataque. En su nuevo juego, podía percibirse un significativo cambio de discurso. La cotización del discurso neoliberal a la Hayek o a la Friedman, las apologías de “estado mínimo”, fueron a la baja. La crítica del Estado de bienestar continuó formando parte del discurso neoconservador. Pero dejó de ponerse el acento en sus presuntos efectos devastadores para la economía para centrarse en sus disolventes consecuencias políticas y “morales”. La “neutralidad” de Estado, antes tan valorada como garantía del “libre mercado”, pasó a ser vista más como un problema que como una solución. Las lecciones de Strauss, y las de su protector Carl Schmitt, el “jurista del nazismo”, empezaban a ser escuchadas. Para Schmitt y Strauss, contrarios a los planteamientos economicistas, la esencia del Estado es política y la política se basa en la oposición entre amigo y enemigo. De acuerdo con ello, el Estado debe promover, tanto en el exterior como en el interior, la oposición entre “nosotros” y “ellos” y fundamentar su unidad en la toma patriótica de partido. Ni que decir tiene que este discurso ha tomado un nuevo impulso tras el 11-S. Las iniciativas “ciudadanas” que pretenden limitar la libertad de expresión y de cátedra en nombre del patriotismo, lideradas por Lynn Cheney, historiadora y esposa del actual vicepresidente, son los últimos episodios de una guerra de la cultura que ya es indiscernible de una cultura de la guerra que también ha crecido a la sombra de Strauss.


Durante la Administración Clinton, muchos neoconservadores desalojados del poder y afines a los planteamientos straussianos encontraron refugio en las fundaciones neoconservadoras. Acababa de terminar la guerra fría y los laboratorios de ideas se pusieron a analizar el nuevo orden internacional. En la fundación Olin se disputó sobre el “fin de la historia”, un viejo tema de debate entre el filósofo francés de origen ruso Kojève y Strauss, que puso sobre la mesa Francis Fukuyama, discípulo de Bloom. Y luego, vía Samuel Huntington, se habló del “choque de civilizaciones”. Por su parte, algunos miembros del AEI y de otras fundaciones neoconservadoras pusieron en marcha el Proyecto para el nuevo Siglo Americano (PNAC, según sus iniciales en inglés), que, ya a fines de la era Clinton, propuso al entonces presidente las bases de lo que ha acabado siendo la política unilateral e imperialista de la Administración Bush. Entre sus propuestas también había la de provocar un cambio de regímenes en cadena en Oriente Medio. Empezando por Iraq. Los fundamentos teóricos de esta política tienen también su fuente en la polémica que Strauss mantuvo con Kojève.


Straussianos en Israel


Los planes del PNAC para Oriente Medio contaban con un precedente, el documento “Una fractura limpia, una nueva estrategia para hacerse con la región”, redactado en 1996 por un “consejo de sabios” reunido por el Institute for Advanced Strategic & Political Studies (IASP, con sede en Jerusalén y Washington) y dirigido a Benjamin Netanyahu, del Likud, en el que se plasmaba la conveniencia de romper los acuerdos de Oslo con los palestinos y de acabar con el régimen de Saddam Hussein y después con los de Siria, Líbano, Irán y... Arabia Saudí. Entre sus firmantes estaba, junto a otros miembros del AEI, Richard Perle, también del PNAC y uno de los principales instigadores de la guerra contra Iraq, que tuvo que abandonar su cargo en la Administración Bush por un “conflicto de intereses”. Otro firmante era Charles Fairbanks, de la Escuela de Estudios Avanzados de la Universidad John Hoopkins, sttraussiano, que estudió con Bloom en Chicago y es amigo de Wolfowitz. Desde mediados de los años noventa, el IASP, creado inicialmente para promover la ideología del libre mercado en un Israel marcado desde su fundación por las ideas socializantes de los laboristas, es un centro de reflexión straussiana.


La influencia de Strauss en el pensamiento político israelí es, en estos momentos, notable. Y, de nuevo, no sólo en los análisis sobre la política exterior, en la que se da una estrecha colaboración entre el AEI y los ideólogos del partido Likud. Strauss, que estuvo vinculado con destacados intelectuales sionistas, escribió que la cuestión judía había sido el tema principal de sus reflexiones. A su entender, la simple existencia del Estado de Israel era insuficiente como solución a esta cuestión, que consideraba insoluble en el marco del Estado liberal. Sus apuntes sobre la solución teológico-política del problema apuntan hacia la instauración en Israel de un Estado fundamentalista. Las propuestas de Paul Eidelberg para la conversión de Israel en un Estado basado en los principios y valores judíos establecidos en la Biblia parecen seguir de cerca este planteamiento. Eidelberg fue un destacado estudiante de Strauss en Chicago y actualmente preside la Fundación para la Democracia Constitucional en Oriente Medio y el Partido Yasmin Israel.


Con Bush, muchos de los straussianos que hallaron cobijo en las fundaciones neoconservadoras volvieron a ocupar lugares clave en la Administración y particularmente en el Pentágono. En una conferencia pronunciada hace unos meses en el AEI, Bush, tras elogiar a los cerebros del instituto como los mejores de la nación, apuntaba los grandes servicios que algunos estaban ofreciendo desde sus cargos gubernamentales. Si de algo no cabe duda es de que su política exterior está profundamente marcada por la influencia de estos cerebros y por el 11-S, el “nuevo Pearl Harbour” al que los documentos del PNAC aludían, ya a fines de los noventa, como oportunidad para que su proyecto pudiese llevarse a cabo. Basta recordar tres nombres para percatarse: Irving Kristol, Paul Wolfowitz y Abram Shulsky.


Irwing Kristol, el “padrino de los neoconservadores”, ha reconocido siempre de buen grado la influencia de Strauss sobre el pensamiento de los neoconservadores en general y sobre el suyo en particular. Es el presidente del PNAC y padre de William Kristol, director de “The Weekly Standard”, propiedad del multimillonario Rupert Murdoch, que desde las múltiples y multinacionales publicaciones de su propiedad ha apoyado el giro belicista de Bush y de Blair, otro de sus protegidos. Kristol sénior, junto a Robert Kagan, con quien ha publicado algún libro ad hoc, ha sido uno de los principales propagandistas del partido belicista. Estudió con uno de los profesores más destacados de la escuela straussiana, Harvey Mansfield (Universidad de Harvard), un entusiasta de la “Patriot Act” que, tras el 11-S, limitó los derechos individuales de los ciudadanos estadounidenses y dio poderes extraordinarios al presidente. Hablar de Mansfield es hablar de la quintaesencia del straussianismo académico, que, desde hace años, analiza, a partir de los presupuestos de Strauss, y con todo lo que ello implica, que no es poco, el pensamiento político de los “padres fundadores”, la naturaleza del régimen y la Constitución estadounidenses y la singularidad neoclásica de la democracia americana.


Aunque no haga bandera de su straussianismo, Wolfowitz mantuvo estrecha relación con Bloom y asistió, en Chicago, a un par de cursos de Strauss. Miembro del PNAC y del AEI, y amigo de ilustres straussianos del mundo universitario, es el número dos del Pentágono y se le considera el gran promotor de la actual política americana en Oriente Medio. Hace meses dio una lección implícita de teoría política straussiana en unas sonadas declaraciones a “Vanity Fair” en las que reconocía que lo de las armas de destrucción masiva era una “verdad burocrática” destinada a buscar el consentimiento de quienes nunca habrían aceptado asumir las causas reales de la guerra. Con estas declaraciones, Wolfowitz jugaba con una idea típica de Strauss y sus seguidores, la que, a partir de la distinción entre una “agenda abierta” y una “agenda oculta”, da por sentado que la “alta política” exige y legitima el recurso al engaño.


En el apartado bibliográfico del currículo de Shulsky se encuentra una contribución, escrita con Gary Schmitt, director del PNAC, al volumen “Strauss, the straussians and the study of american regime” (1999): “Leo Strauss and the world of intelligence”. En ella, Shulsky y Schmitt ponían en entredicho los métodos de trabajo de los servicios secretos norteamericanos. Y, como apunta el título, proponían replantearlos sobre la base de la filosofía de Strauss. En sus obras teóricas, patrocinadas por la fundación Olin, Shulsky recordaba, de acuerdo con la doctrina de Strauss sobre el significado oculto, que las agencias de espionaje no deben olvidar que el engaño es la norma de la política y sostenía que los servicios de inteligencia debían concentrar sus esfuerzos en encontrar y analizar información relevante cara a implementar las decisiones políticas. Tras el 11-S, Donald Rumsfeld fundó la Oficina de Planes Especiales con la misión de buscar información sobre las intenciones hostiles de Iraq y sus vínculos con el terrorismo. Y Shulsky fue nombrado director de esta oficina, que suministró las pruebas que, de acuerdo con los viejos planes del PNAC, legitimaron el ataque.


En un artículo de hace meses se afirmaba que los neoconservadores bailan el vals de Strauss. Y, con ellos, lo baila el mundo. La sombra de Strauss es puntiaguda. Como la nariz de Cleopatra.

Fuente:
 
http://www.ictisp.com/~ho116329/leo.htm

Más sobre Leo Strauss, ideólogo de la oligarquía:

http://revistas.um.es/respublica/issue/view/2741

jueves, 13 de octubre de 2011

COMENTARIOS AL MANIFIESTO

A tenor de su extensión y de la dificultad de acceder a la sección de comentarios, se abre un hilo para ejercer la sana crítica del texto completo del MANIFIESTO POR UNA IZQUIERDA NACIONAL:

http://izquierdanacionaltrabajadores.blogspot.com/2011/10/manifiesto-por-una-izquierda-nacional.html

Saludos y gracias.

martes, 16 de agosto de 2011

Günter Grass contra el capitalismo liberal

Gunter Grass: “Urge poner en cuestión el sistema en su conjunto”

El patriarca de la literatura alemana arremete, indignado, contra la degeneración de la democracia

A sus 83 años, Günter Grass se muestra más enfadado que nunca. El patriarca de la literatura alemana arremete contra los bancos yel sistema financiero que, dice, anulan la democracia y secuestran a gobiernos y parlamentos. Grass se mete con los medios de comunicación, que para ser conformistas ya ni siquiera necesitan censura, denuncia la inadvertida transformación del ejército alemán en una máquina orientada hacia la intervención exterior y compuesta por “mercenarios”. La ocasión fue el décimo aniversario de una asociación de periodistas de Hamburgo, en la que el Nobel de literatura 1999 pronunció un discurso en plena sintonía con los indignados europeos.

En primer lugar los bancos. Sus directivos y grandes accionistas forman, “una sociedad paralela”, dice Grass. Los bancos viven “una vida propia”. “Las consecuencias de sus economías basadas en el riesgo, las pagan los contribuyentes”. “Han tomado como rehenes al parlamento y al gobierno”, pero son insaciables y “siempre están hambrientos”.

También los medios son prisioneros. Para extorsionarlos ya no se precisa censura, “basta con negarles publicidad”, dice. En esas condiciones es imposible “explicarle a la opinión pública los abusos de poder de los lobbies”. Contra ellos hay que interponer “estrictas barreras” de protección alrededor del Bundestag, el parlamento alemán, para poder mantener a raya a los lobbistas.

“La degradación de los ciudadanos de la antigua Alemania del Este y sus descendientes a la condición de alemanes de segunda clase se ha convertido en un hecho tan evidente que la mayoría de los jóvenes abandonan sus ciudades y se van al oeste. Algunas regiones empiezan a despoblarse y muchas veces los que se quedan son los radicales de extrema derecha, que son lo que dan el tono en las zonas abandonadas”, denuncia el escritor. Mientras tanto, Alemania pretende aplicar en Grecia una medicina de fideicomisos y privatizaciones, no muy diferente a la que condujo a esos resultados en Alemania del Este.

“La creciente deriva hacia una sociedad de clases con una mayoría empobrecida y una grasienta minoría rica, la montaña de deudas cuya cima está cubierta por una nube de ceros, la incapacidad y manifiesta impotencia del parlamento electo frente al poder de los lobbies y al completo dominio de los bancos”, todo eso, dice Grass, “nos urge a hacer algo inaudito: poner en cuestión el sistema en su conjunto”.

El capitalismo neoliberal , dice, “ha degenerado en una máquina de destrucción del capital, bien lejos de los éxitos de la economía social de mercado”.

Es un “Moloch asocial”, que “ninguna ley puede atajar”, dice. Y se plantea la pregunta: ¿tiene aun la democracia parlamentaria la fuerza y la voluntad de contrarrestar esta decadencia, o vamos a continuar manteniendo en el ámbito de lo no vinculante todo intento de reforma de los bancos con la excusa de que “eso sólo se puede arreglar a nivel global”?

Rafael Poch
La Vanguardia, 9 de agosto de 2011

Para comprender algunas de las causas de la crisis, así como poder identificar a los directos responsables de la misma, en algunos casos con nombres y apellidos, conviene descargarse los siguientes documentales:

Inside Job

Zeitgeist

America Freedom to Fascism

Zeitgeist Addendum

La INTRA no comparte necesariamente todo lo que se afirma en los citados documentales.

domingo, 17 de julio de 2011

Auschwitz o la gran coartada (1960)

Este texto fue puiblicado el año 1960 en el n° 11 de la revista Programme Communiste y se atribuye al dirigente comunista italiano, crítico del antifascismo, Amadeo Bordiga. La reflexión de Bordiga consagró el revisionismo del holocausto, emprendido por el dirigente pacifista francés Paul Rassinier, como postura crítica de izquierda frente al fraude del antifascismo. El original francés puede cotejarse aquí:

http://www.adecaf.com/geno/auswi/auswi/Auschwitz%20ou%20le%20grand%20alibi.pdf

La prensa de izquierda acaba de demostrar nuevamente que, de hecho, el racismo, esencialmente el antisemitismo, constituye hasta cierto punto la gran coartada del antifascista, su bandera favorita y su último refugio en la discusión. ¿Quién resiste a la evocación de los campos de exterminación y los hornos crematorios? ¿Quién no se inclina delante de los 6 millones de judíos asesinados? ¿Quién no se estremece delante del sadismo nazi? Sin embargo, esta es una de las más escandalosas mixtificaciones del antifascismo, y vamos a desmontarlo.

Un reciente afiche del MRAP (1) atribuye al nazismo la responsabilidad en la muerte de 50 millones de seres humanos entre los cuales 6 millones de judíos. Esta posición, idéntica al «fascismo-promotor-de-guerra» de los supuestos comunistas, es una posición típicamente burguesa. Rechazando ver en el capitalismo en sí la causa de las crisis y cataclismos que asolan periódicamente al mundo, los ideólogos burgueses y reformistas han pretendido siempre explicarlos por la maldad de unos u otros. Vemos aquí la identidad fundamental de las ideologías (si osamos a decir) fascistas y antifascistas: ambas proclaman que son el pensamiento, las ideas, la voluntad de grupos humanos quienes determinan los fenómenos sociales. Contra estas ideologías, que llamamos burguesas ya que defienden al capitalismo, contra estos «idealistas» pasados, presentes y futuros, el marxismo ha demostrado que son, al contrario, las relaciones sociales quienes determinan el movimiento de las ideologías. Esta es la base misma del marxismo, y para darse cuenta hasta qué punto nuestros pretendidos marxistas la han renegado basta ver que en ellos todo pasa en la idea: el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo mismo no son más que estados mentales. Y a causa de esto todos los males que sufre la humanidad se deben a malvados promotores: promotores de miseria, promotores de opresión, fomentadores de guerra, etc.

El marxismo ha demostrado que al contrario, la miseria, la opresión, las guerras y destrucciones, lejos de ser anomalías debidas a voluntades deliberadas y maléficas, las mismas forman parte del funcionamiento «normal» del capitalismo. Esto se aplica en particular a las guerras de la época imperialista. Y aquí hay un punto que vamos a desarrollar un poco más, a causa de la importancia que este representa para nuestro sujeto: el de la destrucción.

Admitiendo que nuestros burgueses o reformistas sostengan que las guerras imperialistas son debidas a conflictos de intereses, ellos mismos se ubican muy por debajo de lo que significa el capitalismo. Lo vemos en su incomprensión del sentido de la destrucción. Para ellos la finalidad de la guerra es la victoria y la destrucción de hombres e instalaciones ocasionadas al adversario no son más que medios para lograr aquel fin. ¡A tal punto que algunos inocentes preven guerras mediante somníferos! Hemos demostrado por el contrario que la destrucción era el fin principal de la guerra. Las rivalidades imperialistas que constituyen la causa inmediata de las guerras, no son sino la consecuencia de la sobreproducción cada vez más creciente. La producción capitalista está obligada efectivamente a precipitarse y tratar de frenar la caída de la tasa de beneficios junto a la crisis que nace de la necesidad de acrecentar sin cesar la producción y la imposibilidad de dar salida a sus productos. La guerra es la solución capitalista a la crisis: la destrucción masiva de instalaciones, medios de producción y productos permite a la producción arrancar de nuevo, y a la destrucción de hombres remediar la crisis de «superpoblaciòn» periódica que va paralela a la sobreproducción. Hay que ser un iluminado pequeñoburgués para creer que los conflictos imperialistas pudieran arreglarse al poker come en mesa redonda, y que estas enormes destrucciones y la muerte de decenas de mllones de hombres no se deba sino a la obstinación de unos, la maldad de otros y la codicia de terceros.

Ya en 1844, Marx reprochaba a los economistas burgueses de considerar la codicia como innata en lugar de explicarla. Es también desde 1844 que el marxismo ha mostrado cuáles eran las causas de la «superpoblación». «La demanda de hombres rige necesariamente la producción de hombres como una mercancía cualquiera. Si la oferta supera ampliamente la demanda, una parte de los trabajadores cae en la mendicidad o muere de hambre» escribe Marx. Y Engels: «Sólo hay superpoblación allí donde hay demasiadas fuerzas productivas en general» y «…(lo hemos visto) que la propiedad privada ha hecho del hombre una mercancía, cuya producción y destrucción no dependen sino de la demanda, y que la competencia ha estrangulado y continúa estrangulando a millones de hombres…» (2). La última guerra imperialista, lejos de cuestionar el marxismo y de justificar su «actualización» ha confirmado la exactitud de nuestras explicaciones.

Era, pues, necesario recordar estos puntos antes de ocuparnos de la exterminación de los judíos. Esta ocurre en efecto, no en un momento cualquiera, mas en plena crisis y guerra imperialistas. Es, pues, en el interior de esta gigantesca empresa de destrucción que es preciso explicarla. El problema está claro, ya no hay que explicar el «nihilismo destructor» de los nazis, sino por qué la destrucción se concentró en parte sobre los judíos. Sobre este punto nazis y antifascistas están de acuerdo: es el racismo, el odio a los judíos, es una «pasión», libre y feroz, lo que causó la muerte a los judíos. Pero nosotros marxistas, sabemos que no hay pasión social libre, nada es más determinado que estos grandes movimientos de odio colectivo. Vamos a ver que el estudio del antisemitismo de la época imperialista no hace más que ilustrar esta verdad.

Lo hacemos a propósito cuando decimos: el antisemitismo de la época imperialista, ya que si idealistas de todo pelo, de nazis a teóricos «judíos», consideran que el odio a los judíos ha sido el mismo en todas las épocas y lugares, nosotros sabemos que no es así. El antisemitismo de la época actual es totalmente diferente al de la época feudal (3). No podemos desarrollar aquí la historia de los judíos que los marxistas ya han explicado cabalmente. Sabemos por qué la sociedad feudal mantuvo los judíos como tales: sabemos que si las burguesías fuertes, aquellas que pudieron tempranamente hacer su revolución política (Inglaterra, Estados Unidos, Francia) han asimilado a sus judíos casi totalmente, no obstante las burguesías débiles no lo han logrado. No tenemos por qué explicar aquí la supervivencia de los «judíos», sino el antisemitismo de la época imperialista. No será difícil de explicarlo si en lugar de ocuparnos de la naturaleza de los judíos y de los antisemitas consideramos su lugar en la sociedad.

Como consecuencia de su historia pasada, los judíos se encuentran hoy en día esencialmente en la mediana y pequeña burguesía. Ahora bien, esta clase está condenada por el avance irresistible de la concentración del capital. Es eso lo que nos explica que esta sea la fuente del antisemitismo, que, como dice Engels, no es «otra cosa que una reacción de capas sociales feudales, destinadas a desaparecer, contra la sociedad moderna compuesta esencialmente por capitalistas y asalariados. Este no está más que al servicio de objetivos reaccionarios bajo un velo pretendidamente socialista».

La Alemania de entre-dos-guerras nos muestra esta situación a un grado particularmente agudo. Sacudido por la guerra, el empuje revolucionario de 1918-28, amenazado todavía por el proletariado, el capitalismo alemán sufre profundamente la crisis mundial de la post-guerra. Mientras que las burguesías victoriosas más fuertes (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia), fueron relativamente poco tocadas, superando fácilmente la crisis de «readaptación de la economía a la paz», el capitalismo alemán cayó en un marasmo completo. Y son tal vez las pequeñas y medias burguesías las que más padecerán, como en todas las crisis que conducen a la proletarización de las clases medias y a una concentración creciente del capital mediante la eliminación de una parte de las pequeñas y medianas empresas. La situación era tal que los pequeños burgueses arruinados, quebrados, embargados, liquidados no podían ni siquiera caer en el proletariado, golpeado él mismo por el desempleo (7 millones de parados en el paroxismo de la crisis): éstos caían pues directamente en el estado de mendigos, condenados a morir de hambre en cuanto agotaran sus reservas. Es en reacción a esta terrible amenaza que la pequeña burguesía ha «inventado» el antisemitismo. No tanto, como dicen los metafísicos, para explicar las desgracias que la golpeaban, sino para tratar de preservarse de éstas, concentrándolas en uno de sus grupos. A la horrible presión económica, a la amenaza difusa de destrucción que volvía incierta la existencia de todos sus miembros, la pequeña burguesía reaccionó sacrificando una de sus partes, esperando así salvar y asegurar la existencia de las otras. El antisemitismo no proviene tampoco de un «plan maquiavélico», mucho menos de «ideas perversas»; éste resulta de la coacción económica. El odio a los judíos, lejos de ser una razón a priori de su destrucción, no es sino la expresión del deseo de delimitar sobre ellos la destrucción.

Ocurre a veces que los obreros caigan en el racismo. Mientras son amenazados de desempleo, éstos tratan de concentrarlo sobre ciertos grupos: italianos, polacos u otros «metecos», «bicots», «negros», etc. Pero dentro del proletariado estos accesos no tienen lugar sino en los peores momentos de desmoralización y no duran. A partir de que el proletariado entra en lucha, logra ver clara y concretamente dónde está su enemigo: él es una clase homogénea que tiene una perspectiva y una misión históricas.

La pequeña burguesía, al contrario, es una clase condenada. Condenada además a no comprender nada, a ser incapaz de luchar: ella no puede sino debatirse ciegamente en la prensa que la tritura. El racismo no es una aberración del espíritu; este es y será la reacción pequeño-burguesa. La opción de la «raza», es decir escoger el grupo sobre el cual se trata de concentrar la destrucción, depende evidentemente de las circunstancias. En Alemania, los judíos reunían las «condiciones requeridas» y eran los únicos que las reunían: todos eran casi exclusivamente pequeños-burgueses y, dentro de esta pequeña burguesía, el único grupo suficientemente identificable. No era sino sobre ellos que la pequeña burguesía contaba canalizar la catástrofe.

En efecto, era necesario que la identificación no presentara alguna dificultad: había que definir exactamente quién sería dispensado. De allí el recuento de abuelos bautizados que, en contradicción flagrante con las teorías de la raza y la sangre, bastaba para demostrar su incoherencia. ¡Se trataba, pues, de lógica! El demócrata que se contenta con demostrar lo absurdo y la ignominia del racismo pasa como de costumbre al lado de la cuestión.

Acosada por el capital, la pequeña burguesía alemana ha arrojado a los judíos a los lobos para aligerar el trineo y salvarse. No de forma consciente, por supuesto, pero este era el sentido de su odio por los judíos y la satisfacción que le producía la clausura y el saqueo de los almacenes judíos. Podríamos decir que por su lado el gran capital se encuentra encantado por la noticia: podía liquidar una parte de la pequeña burguesía; mejor todavía, sería la pequeña burguesía misma quien se encargaría de esta liquidación. Sin embargo, esta forma «personalizada» de presentar al capital no es más que una mala imagen: la pequeña burguesía no sabe lo que hace, el capitalismo menos aún. Éste sufre la coacción económica inmediata y sigue pasivamente las líneas de menor resistencia.

No hemos hablado del proletariado alemán. Y es porque el mismo no intervino directamente en este asunto. Éste había sido vencido y, por supuesto, la liquidación de los judíos no pudo realizarse sino después de su derrota. Las fuerzas sociales que condujeron a dicha liquidación existían antes de la derrota del proletariado. Ésta les hubo de permitir su «realización», dejando las manos libres al capitalismo.

Es entonces cuando comienza la liquidación económica de los judíos: expropiación en todas sus formas, despojo de funciones en las profesiones liberales, la administración, etc. Poco a poco los judíos fueron privados de todo medio de existencia, viviendo de las reservas que habían podido salvar. Durante todo este período que va hasta vísperas de la guerra, la política de los nazis hacia los judíos se resume en dos palabras: Juden raus! ¡Judíos fuera! Se buscó por todos los medios favorecer la emigración de los judíos. Los nazis no buscaban sino desembarazarse de los judíos, con los cuales no sabían qué hacer; si, de un lado, los judíos no pedían otra cosa que irse de Alemania, nadie en ninguna parte quería dejarlos entrar. Y esto no debe sorprendernos, ya que nadie podía dejarlos entrar: no había un solo país capaz de absorber y mantener a varios millones de pequeños burgueses arruinados. Sólo una pequeña parte de los judíos pudo partir. La mayoría se quedó, a su pesar y pese a los nazis. Suspendidos en el aire, si osamos decir.

La guerra imperialista agravó la situación cuantitativa y cualitativamente. Cuantivamente, puesto que el capitalismo alemán, obligado a reducir a la pequeña burguesía para concentrar entre sus manos el capital europeo, había extendido la liquidación de los judíos a toda Europa Central. El antisemitismo había demostrado su eficacia; no había sino que continuar. Esto se correspondía con el antisemitismo indígena de Europa Central aun cuando éste era más complejo (una horrible mezcla de antisemitismo feudal y pequeño-burgués, dentro de cuyo análisis no podemos entrar aquí).

La situación se agravó cualitativamente también. Debido a la guerra, las condiciones de vida se habían vuelto cada vez más duras: las reservas de los judíos se fundían, encontrándose condenados a morir de hambre en poco tiempo.

En circunstancias «normales», tratándose de un pequeño número, el capitalismo puede dejar morir perfectamente a los hombres que expulsa del proceso productivo. Pero esto era imposible de hacerlo en plena guerra y contra millones de hombres: tal «desorden» hubiese paralizado todo. Al capitalismo le era preciso organizar su muerte.

Y esto no los hubiese matado enseguida. Para comenzar, se les retiró de la circulación, se les reagrupó, se les concentró. Se les hizo trabajar subalimentándolos, es decir sobreexplotándolos hasta la muerte. Matar a un hombre mediante el trabajo es un viejo método del capital. Marx escribía en 1844: «Para ser llevada con éxito, la batalla industrial precisa de numerosos ejércitos, que puedan ser concentrados en un punto y diezmados copiosamente» Era necesario que la gente pudiese sufragar sus gastos mientras vivieran y luego cuando murieran. Que éstos produjeran plusvalía el tiempo más largo posible, ya que el capital, si no puede extraer beneficios de este envío al patibulo, tampoco puede ejecutar a los hombres que él mismo condenó.

Pero el hombre es coriáceo. Reducidos, incluso, al estado esquelético, los judíos no morían tan rápidamente. Había que masacrar a aquéllos que no podían ya trabajar, luego a aquéllos de los cuales no se tenía más necesidad, ya que los avatares de la guerra hacían inutilizable esta fuerza de trabajo.

El capitalismo alemán no se resignaba al asesinato puro y simple. No por humanitarismo sino porque con esto no se ganaba nada. Es así como nació la misión de Joel Brand del cual hablaremos, ya que su historia coloca bien a la luz la responsabilidad del capitalismo mundial (4). Joel Brand era dirigente en una organización semiclandestina de judíos húngaros. Esta organización buscaba salvar judíos por todos los medios: escondites, emigración clandestina, y también corrupción de los S.S. Los S.S. del Juden Kommando toleraban estas organizaciones, tratando más o menos de utilizarlas como «auxiliares» en las operaciones de redadas y triaje.

En abril de 1944, Joël Brand fue convocado al Judenkommando de Budapest para encontrar a Eichmann, quien era el jefe de la sección judía de Himmler. Aquél le encargó la siguiente misión: ir a casa de los anglo-americanos para la venta de un millón de judíos.

Los S.S. pedían a cambio 10.000 camiones, sin negarse a cualquier otro tipo de negocio, tanto por su naturaleza como por la cantidad de mercancías, proponiendo además la entrega de 100.000 judíos a la recepción del acuerdo para mostrar su buena fe. Era un asunto serio.

¡Desgraciadamente, si la oferta existía, la demanda no! No sólo los judíos sino también los S.S. se habían dejado engañar por la propaganda humanitaria de los aliados. Los aliados no querían nada de este millón; ni por 10.000 camiones, ni por 5.000, ni siquiera por nada.

No podemos entrar en detalles sobre las vicisitudes de Joël Brand. Partió hacia Turquía y se debatió en las prisiones inglesas del Cercano Oriente. Los aliados negándose a «tomar este asunto en serio», hacen todo lo posible por encerrarlo y desacreditarlo. Finalmente Joel Brand encuentra a Lord Moyne, ministro del Estado Británico para el Cercano Oriente, en El Cairo. Brand le suplica para obtener al menos un acuerdo escrito, aunque después no se honorara: ya serían al menos 100.000 vidas salvadas.

"- ¿Y cual sería el número total?

- Eichmann habló de un millón.

- ¿Cómo se imagina Ud. una cosa semejante, mister Brand? ¿Qué hago yo con un millón de judíos? ¿Dónde los meto? ¿Quién los acogerá?

- Si la tierra no tiene sitio para nosotros, no nos queda otro remedio que dejarnos exterminar» (5) dijo Brand, desesperado."

Los S.S. fueron más lentos en comprender, ¡ellos creían en los ideales de Occidente! Después del fracaso de la misión de Joël Brand y en medio de exterminaciones, los nazis tratarán todavían de vender judíos al Joint (6) entregando un «anticipo» de 1700 judíos en Suiza. Aparte de los nazis nadie estaba dispuesto a concluir esta negociación.

Joël Brand lo había comprendido, o casi. Él había comprendido cuál era la situación, pero no el porqué. No era en la tierra donde no había más plaza sino en la sociedad capitalista. Y no había lugar para ellos, no porque eran judíos sino porque fueron rechazados del proceso de producción, inútiles para la producción. Lord Moyne fue asesinado por dos terroristas judíos, y Joël Brand supo más tarde que él se compadeció muchas veces del trágico destino de los judíos. «Su política le fue dictada por la administración inhumana de Londres». Pero Brand no comprendió que es esta administración del capital y el capital mismo los que son inhumanos. Este no sabía ni siquiera qué hacer de los raros sobrevivientes, esas «personas desplazadas» que no se sabía donde ubicar.

Los judíos sobrevivientes finalmente lograron hacerse una plaza. Por la fuerza y aprovechando la coyuntura internacional se formó el Estado de Israel. Pero ello incluso no pudo ser posible que «desplazando» otras poblaciones: centenas de miles de refugiados árabes que arrastran, desde entonces, su existencia inútil (¡al capital!) en los campos de alojamiento (7).

Hemos visto cómo el capitalismo condenó a muerte a millones de hombres expulsándolos de la producción. Hemos visto cómo los masacró sin dejar de extraerles toda la plusvalía que les fue posible. Queda ver cómo el capitalismo los explota todavía después de su muerte.

Son ante todo los imperialistas del campo aliado quienes se sirvieron de esta masacre para justificar su guerra y justificar, después de la guerra, el tratamiento infame infligido al pueblo alemán. Cómo nos precipitamos sobre campos y cadáveres, paseando por todas partes fotos horribles y clamando: ¡Vean lo hijos de puta que eran esos boches! ¡Cuánta razón tuvimos de haberlos combatido! ¡Y cómo ahora tenemos razón de hacerles pasar el trago amargo! Cuando se piensa en los innumerables crímenes cometidos por el imperialismo; cuando se piensa, por ejemplo, que en ese mismo momento (1945) en que nuestros Thorez cantaban su victoria sobre el fascismo, 45.000 argelinos (¡provocadores fascistas!) caían bajo los golpes de la represión; cuando se piensa que es el capitalismo mundial el responsable de estas masacres da realmente náuseas el innoble cinismo de esta satisfacción hipócrita.

Al mismo tiempo todos nuestros buenos demócratas se arrojaron sobre los cadáveres de los judíos. Que desde entonces no han cesado de agitar ante las narices del proletariado. ¿Para hacerles sentir la infamia del capitalismo? Al contrario, para hacerles apreciar por contraste la verdadera democracia, el verdadero progreso, ¡el bienestar del cual uno goza en la sociedad capitalista! Los horrores de la muerte capitalista deben hacer olvidar al proletariado los horrores de la vida capitalista y del hecho que ¡ambos están indisolublemente ligados! Las experiencias de los médicos S.S. deben hacer olvidar que el capitalismo experimenta a gran escala productos cancerígenos, los efectos del alcoholismo sobre la herencia, la radioactividad de las bombas «democráticas». Si se muestran las lámparas forradas en piel de hombre, es para hacer olvidar que el capitalismo ha transformado al hombre viviente en lámpara. Las montañas de cabellos, los dientes en oro, el cuerpo del hombre muerto han convertido al hombre viviente en mercancía. Es el trabajo, la vida misma del hombre que el capitalismo ha transformado en mercancía. Es ésta la fuente de todos los males. Utilizar los cadáveres de las víctimas del capital para tratar de esconder la verdad, hacer que estos cadáveres sirvan a la protección del capital es bien la más infame forma de explotarlos hasta la médula.

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(1) Movimiento contra el Racismo, el Antisemitismo y por la Paz

(2) Citado de los Manuscritos de 1844.

(3) El comercio, sobre todo el comercio de dinero, era extraño al esquema de la sociedad feudal, arrojado a gentes fuera de esta sociedad, generalmete los judíos. El ostracismo que los aturdía traducía la tentativa del feudalismo de mantener estas actividades realizándose al margen de la sociedad. Sin embargo, el comercio y la usura venían a ser las formas primarias del capital: el odio a los judíos expresaba de manera mixtificada e inadecuada la resistencia que las clase de la sociedad feudal, del paisano al hidalgo, pasando por el artesano de la guilda y el clero, oponían al irresistible desarrollo del mercantilismo que disolvía su orden social. Así como después del auge del capitalismo productivo y la gran industria, la tradición «popular» pequeño-burguesa continúa identificando judío y capital.

(4) Ver: L’Histoire de Joël Brand, por Alex Weissberg; Ediciones del Seuil.

(5) En op. cit.

(6) Joint: Jewish Comitée, Organización de judíos estadounidenses.

(7) El objeto del artículo no era evidentemente la cuestión del Estado de Israel y el problema palestino en general. No es aquí tampoco la cuestión a tratar, pero podemos añadir algunas observaciones:

El movimiento comunista ha condenado siempre al sionismo como una falsa solución burguesa al «problema judío», un problema que en realidad no es un problema nacional sino un problema social; el sionismo ha demostrado que un Estado hebreo en Palestina no podía ser sino un instrumento de la dominación imperialista en Medio Oriente. Es lo que afirma en particular la Internacional Comunista en los años 20, la evolución ulterior no ha hecho más que confirmar nuestra posición. El triunfo de la contrarrevolución estaliniana, el aplastamiento internacional del proletariado y su ausencia de la escena histórica en tanto que fuerza independiente durante decenios, han permitido al imperialismo hacer trabajar para sus propios fines hasta sus propias víctimas, los sobrevivientes de la exterminación.

El Estado que debía supuestamente eliminar el antisemitismo, la discriminación racial, no sólo no solucionó la «cuestión hebrea» a escala mundial, sino que él mismo ha sido fundado sobre la discriminación y la opresión racial y religiosa. Este no es un Estado nacional en el sentido moderno, burgués, es decir fundado sobre la igualdad jurídica de todos los ciudadanos sino un Estado colonial. A tal punto que ha podido retomar contra los árabes las leyes discriminatorias tal cual el colonialismo inglés había promulgado contra los judíos, entre otros. Lo que que ha logrado obtener el imperialismo es que varios millones de sus víctimas identifiquen la defensa de su sobrevivencia con la defensa de su Estado colonial y racial, cabeza de playa del imperialismo U.S. y genderme regional por cuenta de la santa alianza imperialista.

Es verdad que la constitución del Estado de Israel ha contribuido también a revolucionar el área árabe; pero a su costa, como lo hace siempre la penetración y opresión capitalistas. Las masas palestinas, la mayor parte expropiadas y dispersas por toda la región, juegan en esta situación un rol de fermento revolucionario. La coalición contrarrevolucionaria que va de los Estados árabes más reaccionarios al Estado hebreo, capitalista e imperialista, englobando poco a poco a los Estados más «progresistas», más el peso enorme del imperialismo mundial, someten a estas masas a una opresión y represión feroces. A través de un largo y doloroso camino, estas masas ven cerrarse todas las soluciones nacionales y burguesas, empujadas a erigirse contra todo el sistema de Estados del lugar y todo el equilibrio mantenido por el imperialismo. Estas circunstancias constituyen el elemento motor de la lucha de clase en Medio Oriente, el cual deberá integrarse a la lucha del proletariado mundial.

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